miércoles, 10 de septiembre de 2014

Juan Gil-Albert

Alcoy, Alicante, el 1 de abril 1904; Valencia el 4 de julio de 1994.


Dice el poeta de sí mismo:
De "Fuentes de la constancia"; ediciones Cátedra:
1.° Soy un poeta tardío con relación a mi prosa. Cuando aparecen, en el 1936, mis dos primeras colecciones de versos, aparecen mis dos primeras narraciones. Dije, un día:
Prefiero escribir en prosa; pero, de vez en cuando, la frenesía de que habla Leopardi parece ampararse de mí, y entonces, los poetas lo saben bien, obedece uno, medio ciego, medio clarividente, al numen que reclama para expresarse, el fervor de la sangre. Tal vez la poesía exhalada así sirve después de pauta a la prosa, aunque también podría ser que la prosa constituya el sustento nutricio de la poesía. En el sentido, por ejemplo, en que la mente se cordializa y el corazón se intelectualiza, por la elaboración natural que lleva en sí toda convivencia. No sé bien por qué se escribe, ni para qué, esencialmente hablando. Creo que escribir es una lenta embriaguez extranatural que, cosa rara, va volviendo más sensata a la vida, haciendo de la vida un fenómeno más transparente.
Hoy, tras haber seguido cultivando ambas vertientes, sigo considerándome, fundamentalmente, un escritor; y añado: El tronco no lo es todo, pero es, sí, nuestro fundamento; así como las ramas no son accesorias; una misma savia, esencial, las recorre; de ellas brotan las hojas y, en sus intersecciones, se abre la flor y se asienta el fruto. La obra de un hombre abarca su totalidad; sin tronco no se puede ser, a lo sumo, sino enredadera, pero un tronco sin follaje no da sombra.
2.° Misteriosa Presencia y Candente Horror, libros de fecha coincidente, se me aparecen como la inocente manifestación de lo que podríamos llamar un destino contradictorio. El ego, y el populus; el intimismo y lo social. Dos constantes. Que es poco comenté encontrar imbuidas de una tenacidad afín. No me siento hoy distinto, pero sí más coherente y menos exaltado. Los años no resuelven nada, pero clarifican; no es que se esté más seguro, se ha aceptado más; de la vida, me refiero; ésta se nos hace más amplia y menos intransigente, no porque hayamos perdido fervor —y capacidad de indignación—, pero porque hemos adquirido el don, doloroso, de la sonrisa.
3.° Otra constante en mi poesía es la naturaleza, es decir lo que se llama el campo, el mundo natural, por el que discurre siempre el pespunte dorado de la vieja cultura que me pertenece, la mediterránea, como una sugerente composición visual pero, también, y sobre todo, como el latido de un alma enigmática. Aun así no se me puede llamar, en un sentido estricto, panteísta, como no sea por alguna supervivencia supersticiosa heredada de mis antepasados latinos: Una fuente, su manar, su murmullo, ¿es acaso una divinidad? O, como en mis Ilusiones, el énfasis pindárico sostenido, airosamente, por el teclado de Chopin. Alguien dijo, entonces, de mi poesía, que Jugar, «en esa zona aérea donde lo mental se vuelve melódico». No, ficciones no; supervivencias. Cultura y «civilización» no se identifican; la cultura es la mágica realidad del hombre; civilización es cosa de productores, no de ociosos. Punto neurálgico. Sentirme semi-dios y, a la vez, culpable. Socialmente se es reo. Vitalmente, criatura inmortal. Inaccesibilidad, entre sí, de los opuestos. Guerra civil latente. Nadie gana. La pelea es eterna.
4.° Durante años, por países de ultramar, cambiando de yacija, de paredes, pero acompañado por dos compañeros gigantes, reducidos, para poder entrar por mi misma puerta, a mi nivel: Dante y Nietzsche. Supongamos que, entre los dos, como se cuela un chico, se hubiera deslizado Ronsard . Un tapiz que bien puede servirme de fondo. ¿Pero dónde está lo español? Es el elemento madre, lo indesarraigable, lo fatal. ¿No lees?: las hierbas que huelen, el carretero que canturrea … Puedo olvidarme de que hemos puesto el pie en la luna, pero no de la primera vez que oí, en el atardecer, un rasgueo de cuerdas. ¿Indicio bueno o malo? No lo sé. La suerte estaba echada.
Reintegrado a mi tierra, y más que nunca, en diálogo silencioso con ella, no con sus hombres, ajenos los más, inoperantes aún los jóvenes que habían de ser hoy mis amigos, me rendí a la meditación de los tiempos. Más que nunca se fue perfilando mi vena reflexiva a través de los restos, todavía fragantes, del pasado frenesí. Soy un moralista… sui generis. Más bien marginal. Sin la mentira, y sin la injusticia, no hay sociedad que pueda subsistir. Como nadie se atreve a promulgar una declaración que suena a cínica, la hipocresía se sienta entonces en su silla baja y, desde el cuarto de costura, como eminencia gris, extiende sus hilos, hilvana, cose y remienda; los que sienten mortal aversión por el triunvirato reinante, ya sabemos lo que son, anarquistas natos. Nunca podrán prevalecer en ningún conjunto gregario, ni arrebatarles, a los que dirigen, la batuta de las iniquidades forzosas. Pero sin ellos el mundo sería irrespirable para aquellos mismos que los condenan. Ya que la moral que personifican no es ordenancista sino libérrima, y a su naturalidad une su carácter de humana. Hoy se dibujan, a grandes zancadas, las dos fuerzas vivas en acción y en contienda desigual: la masa civilizada y la individualidad culta. La nueva esclavitud y la protesta perdurable. El peligro que corre el hombre es, como nunca, aterrorizador y, por las muestras destructivas que ha sabido exhibir, apocalíptico; no tanto el de desaparecer como, el especialmente inquietante, en tanto que criatura, de desnaturalizarse. ¿Pero quién podría seguir viviendo sin haber sembrado, en su mínima porción responsable, una vieja simiente de esperanza?.

Misteriosa presencia 
Madrid, 1936 

XIV


Dime mi vida dónde tan remoto 
del murmullo pretendes esa fuente, 
ese que ajeno brote transparente 
atractivo es imán que une lo roto,
dime si en la espesura de ese coto 
humano tú te buscas confluente, 
el equívoco enigma adolescente 
que en la carne hace tiempo que me agoto, 
dime, dime, por fin oído prieto 
si este horno interior meditativo 
es la vena que emana tanta hiedra, 
¡ay! Encontrar en ti ese mi secreto, 
El apenas que soy dubitativo 
trepante sobre el hombro de tu piedra.


XVII

Al oro que colmado de la tarde 
manso le crece un vello peregrino, 
al vestigio que el sol último arde 
fosco incipiente en árbol vuelve el trino, 
recordaba estas horas que otra tarde 
mudos de plata en paz de suave lino, 
asombrados bebíamos alarde 
de un jilguero cristal, morado el vino. 
No es lo más que conturba al recordarlo 
su orfebrado calibre en lejanía, 
su como mano en tórtola tocarlo, 
sino que arrebatándonos el día 
insensibles hubimos de dejarlo, 
sin regresar la gracia que tenía. 


XXIV

Racimos ya cuajados rompen vedas 
forestas dando salvas cazadores 
codorniz en ventana ¡dormidores! 
Acogedla en los cotos de las sedas. 
¡Plumas infaustas viento no las cedas! 
tropel madrugador de sumidores 
pulcros caños en pos de voladores 
venas del aire esparcen por veredas. 
Tú mi caza mayor, azul de vuelo, 
mi sola pieza en busca salgo al día, 
mi pájaro feliz, mi tordo amargo, 
cerca me pasas, cerca te veía, 
mas no quise tu sangre aciago duelo, 
y oprimido dejé pasaras largo.

XXVI 
El otoño se acerca y la flor huye 
vase el verde y regresa oro tardío, 
la nube avanza y corre el breve estío 
que a su fresco llegar destierro intuye, 
la codorniz se aleja el sol se excluye 
manchan verdines cascaras de río 
trémulos por la lluvia que construye. 
Todo ensombrece la estival partida, 
vergeles arrebata el ventisquero 
sobre el mundo feliz espesa sombra, 
tú mismo llevas de laúd la huida, 
lo vibrátil que tuve y que me asombra, 
duro es quedar en pie sin lo que quiero. 

Candente horror
Valencia, 1936 
CULTURA ESTALLANTE

Ve al puerto, ocupa un paquebote ven huido, y llégate al jardín
donde se extingue el mundo como un soplo,
donde la peña es el adiós, y el tardo viento pasa conmovido este postrado día.
llega, veloz depositario de los remeros brazos, 

actuante candil que persiste.
Se hace imposible ya no morir con un asco de rabia,
con un furioso vendaval que se desata,
golpeando con la feroz saliva del instinto
las caras rasuradas de estos monstruos.
Llega, que necesito leerte,
separar las palmeras de tu oasis, de mi sed invencible,
con un miedo a que acaso ya apeste tu cuerpo,
como el polvorín de la ciencia,
como ese buitre enfermo que el arte empapuza,
como la razón cuyos festines de cadáveres
hincha esta sociedad enloquecida,
un pasear de horda en automóvil.
Apórtame el refugio donde sólo un momento abandone mi disparo de liebre,
porque hoy como nunca, necesito saber si es el hombre
caliente emboscada
o ese túnel perdido donde la luz apunta


REDADA 

Semejante a un cerebro que se apaga, 
la noche presta ese consuelo denso de los cauces 
que te arrastran dormido sin ligazón posible, 
animal que respiras inclemente, 
mientras venden tu vida los honorables jefes, 
mercancías de huesos en un montón informe 
propio para sus fiestas. 
Despertar no es lucidez hallada, 
es un terror dejado en las paredes, 
es el día anterior que nos asalta 
un desasido manantial que gruñe como lejos, 
mundo hirviendo que manos estrangulan 
no se con que postizo sustituto 
de telones pintados. 
Peligroso abandono nos arrastra, 
aguas de lodo arrullan nuestro oído 
apagando el ocaso ya rugiente 
sus atroces nostalgias exhumadas, 
muerte feliz que logran levantamos, 
con hisopos de dedos y de aromas 
para sus gruesos fines. 

NEGROS 

Los siglos parados como piedras lunares
no han dormido la raza que entre nosotros reluce
como si pretendieran recordarnos toda nuestra viscosa serenidad de amos.
No han podido relegar ese corazón de hombre
a un estadio de tortuga que fácilmente nos soporte para nuestras empresas.
Ese tiempo, para el cual nuestros diques son endebles razones,
no sé lo que madura en sus adentros cuando el cuerpo vencido se alce,
y las mareas retrasadas inicien al fin, su doble oscilación interrumpida.
Otro humano refugio hará suyas las tierras abrasadas
las porciones de hoy donde sólo se abrevan las bestias,
cuando en sus ojos de silencio que el eucalipto aroma
se presiente un jugo de cortezas endurecidas,
como una sospecha de nidos en los ramajes,
una lenta y pesada ascensión de lo hondo
en cuyo extremo, es ese compañero que sonríe inimitable
el que nos palpa un mundo donde nada existía.


LA HUELLA DEL ESPÍRITU 

Cuando acabado este horror nos vean cómo somos,
cómo vivimos, atrincheradas masas,
pálidos hacinamientos que se agitan,
ese aspecto que acaso nos descubran tan sórdido,
por lo que fuimos, perros del momento,
una carne aplastada por palabras hirientes
ese ladrar herido que sonará en el aire,
¿qué harán con vuestro resplandor feroz
Cuando sepan mañana que quisimos hablarnos
y no dejasteis sobre las bocas
más que el impacto armado de vuestros pies? 


Son nombres ignorados
Barcelona, 1938 
ELEGÍA A UNA CASA DE CAMPO

¡Oh tú, casa deshabitada
en el solemne verano de nuestro silencio!
¿No adviertes que el solaz ha quebrado tus alas,
y tus verbenas orlan inútilmente
las cintas verdes que nadie recorre?
Tu follaje ha crecido a su tiempo,
y la ligereza de las doradas mariposas,
el zureo de los palomos
y la ardiente cigarra del olivo,
dan el espacio frágil
donde la vida como otros años transcurre.
Ya penderán los racimos de tus traviesas
acumulando en sus granos un leve iris de polvo.
Ya tiempo hará que tus vibrantes chopos
la voz del agua entretienen en sus hojuelas
sobre la amarillenta calina,
y la soledad estará sentada en tu bale Icón agreste
viendo a las cabras de cuello gentil
ramonear las hierbas inmortales
en los débiles cerros.
Porque no habremos llegado como siempre
a tu venturoso solsticio,
ni los perros del huerto
nos recibirán saltando bajo los perfumados nogales.
¡Ay casa de las viñas colgantes desde los bancalillos,
rumorosas de fuentes,
casa guardada en estuche de yedras!
Cuando el trepidante camión resonó en tus cercos,
y viste bajar a los desaliñados jóvenes
que entre los rayos de sol estival,
parecían los exterminadores de tu siesta fantástica
surgidos al conjuro de un huracán interno.
El tiempo que fluía superfluamente
como en el desarrollo de una flor,
¿ha podido barrenarse sin estrépito
y una sima intransitable separarnos desde hace breves horas?
¡Oh desgarradura que ni se oye ni se ve!
¿Sobre qué cataclismos
y en que frágiles andas navegaba la vida
si las ineptas carabinas de esos muchachos
han disipado como el humo un palpitante juego?
No más, imposible morada de la sierra,
que si en los días venideros repentina me asaltas
y mi sombra sobre los frescos hongos
vaga en su bien prendida una umbela silvestre,
y en los oídos petrificados de las ninfas
deja un susurro de cuerpo de árbol,
un fugaz estremecimiento de intruso
el mundo no detendrá por ello su destino inaplazable
cuando los pies del hombre se han llenado de tierra nueva
y trasladan su corazón sin nostalgia
allí donde tú, casa deshabitada,
no eres nadie.

PALABRAS A LOS MUERTOS


A Vicente Raga 
¡Oh muertos!
Desconocidos hombres que ahora pueblan mi mundo de fantasmas,
y que errantes sobre nuestros caminos de la vida
pesan como los árboles frutales, abrumados,
hacia el suelo profundo.
No será ya posible evitar vuestro espectro
que asoma con ahínco
detrás de los tapiales de la yedra,
donde de nuevo el ímpetu que fuisteis
se torna esa espesura del silencio.
No será ya posible
que aquellos que contemplen el suelo de la patria
marchito entre los brazos de.tardía victoria,
deslicen sus amores o ese triunfo
sin recordar que andan sobre restos calientes.
El clamor que se queda suspendido,
cada vez que un suspiro poderoso
anuncia que otro cuerpo
trémulo y solitario acaba de caer,
en busca de posibles compañeros que llegarán más tarde.
Invaden como en ámbitos cerrados
los años sucesivos,
y un perenne sudor nos espera
con la turbia conciencia bajo el laurel guerrero.
Reposad, ¡oh innumerables tumbas entreabiertas!
Cuerpos acribillados cuyos alones rotos
os entregan horrendos,
a esa lenta consunción con la tierra que habíais defendido.
Es sin duda distinta así la muerte
cuando una fresca gloria imperceptible roza
vuestro exhalado aliento.
Pero es triste miraros
los rígidos despojos sobre el campo
como si secas fuentes,
no alumbraran ya más el destino a los hombres.
Reposad, gérmenes voluntarios,
si es que ahí se conquista el reposo.
Un presentido empuje está latiendo
cuando en polvo roídos por la muerte,
tiemblan las avecillas prematuras
sobre un primaveral eco de sombras.
Ya los sagrados pies de unos hombres mejores
llameantes, recorren el país,
y la obsesiva noche de los siglos
su colosal figura parece desterrada.
Así, ¡dormid triunfando, pedestales recientes!
Nadie acierta a vivir mientras no cumple
la pavorosa deuda contraída.



Las ilusiones Buenos Aires, 1945

HIMNO AL OCIO

A veces cuando escucho de la sangre 
este claro rumor, cuando a mis labios 

fluye el ocio su oscura cabellera 

como por una brisa sacudida 

por los mismos latidos de mi pecho 

y en esa tan divina intrascendencia 

un ser real, viviente, entre mis brazos 
paréceme tener, como en los ríos 
las tendidas laderas cuando sienten 
pasar una presencia inagotable, 
hablóle como amigo de la dicha 
mensajero de paso por la tierra 
que ha doblado sus alas y descansa 
su plumón de ventura en torno nuestro: 
fluye amoroso campo de la vida, 
fluye amor tu tesoro manifiesto, 
fluid, fluid, hermosas estaciones, 
los racimos, los frutos y las nieblas 
tras de las que se ocultan en otoño 
los frescos manantiales de la gracia. 
Fluye tiempo tu canto melodioso 
con tus breves espinas en los dedos, 
y tú melancolía y tú tristeza, 
cual pájaros oscuros que trinando 
hablan de Dios, fluid de la espesura, 
mientras duerme el mancebo aquí en mi cuerpo 
su poderosa noche. Fluya en tanto 
la prohibida selva que lo mece 
y haga visible el viento la pureza 
de mis instintos dueños ya del orbe. 
Él está en mí me tiene coronado 
con su lánguida estela de laureles 
y oye dormido el paso de la vida 
en un humano corazón dichoso. 
Silencioso rebelde entre murallas, 
rápido es su temblor y su cansancio;
pronto levantará su cabellera 
taciturna de hastío, y lentamente 
volará hacia las nubes y en cenizas 
anegará mis labios, como un vino 
paraíso perdido entre sus brazos 
que cual alas me nimban, id fluyendo 
deleites de los ojos, primaveras 
de errante paso antiguo, latitudes 
de lejanas nostalgias y columnas 
dulcemente quebradas por el viento: 
levantad la cabeza como flores
mientras lícito goce nos depara 
el fatigado dueño de las cosas. 


A MIS MANOS

Formas infatigables de mi alma, 
blancos rayos de luz sobre las cosas, 
terrenal soplo abierto, alas mías, 
que me arrastráis sin freno ni codicia 
por esta indescifrable primavera 
del ser, los tactos, la tibieza, el frío, 
las formas y el color de sus pasiones, 
los más ocultos sinos de la tierra; 
¿dónde vais desbocadas, presurosas, 
a qué porción del mundo oscurecido, 
a qué estelar materia abandonada 
osáis acometer, cual si en los dedos 
harpas o púas de un amor ardiente 
guiaran vuestros toques extasiados?.
La delicia del mundo os acompaña 
en ese deambular como a las aves, 
que van y tornan siempre insatisfechas 
de su angustiado vértigo amoroso 
y alguna vez detiénense cantando 
el repentino goce que las prende 
a esa mortal belleza de la tierra. 
Así vais y venís, cual alejadas 
de mí y mi ajeno rostro entristecido 
entre cosas, materias vulnerables, 
cuerpos, sustancias, posos, ilusiones, 
roces enervadores, somnolientos 
seres que al ser tocados se despiertan, 
superficies hirsutas, densas moles 
sin forma ni color que están temblando, 
apariencias hermosas y absorbentes, 
yertos encantos, toscos materiales 
que conservan extraña lozanía, 
que conservan extraña lozanía, 
en las ligeras naves de mis manos, 
¿dónde depositar tales tesoros? 
Poseer, poseer, parece el sino 
de vuestra inagotable extravagancia; 
acumular los dones de la tierra, 
los impalpables brotes del pecado, 
los frutos de la nada, los carnales 
relámpagos del ser, ¿en dónde ocultos? 
¿Dónde lleváis, al son de qué festejos, 
de que hastíos solemnes, de qué angustias, 
ese espectral tesoro arrinconado? 
¿A qué desván espléndido de polvo, 
donde un fantasma llora arrepentido? 
¡Volad, volad, extrañas claridades, 
gracias definidoras que sentencian 
con su tacto el valor de lo existente. 
Ligerísimas hijas de mi cuerpo 
que en su graciosa furia enajenada 
húndense en el vacio, despertando 
el misterioso sueño de la tierra 
y después me abandonan los rumores, 
el humo, la ilusión, las ansiedades, 
el engaño de gracia y de hermosura, 
esta ficción alada que construyen 
con sus tristes techumbres contra el cielo. 
Si tras los años puedo en algún día,
posado en una roca inexistente, 
la gran melancolía de los dioses 
revelar, meditando hacia la tierra, 
diré: yo te conozco, extraño mundo; 
tu horror y tu delicia en el recuerdo, 
no me dejan gozar en mis alturas 
el reposo anhelado, la corona 
de terrenales flores no la siento 
sobre mi sien desnuda y desolada. 
Manos que reposáis tras los abismos 
de espantosas distancias: ¿Qué inquietudes 
me transmitís, aún yertas en la sombra? 


LOS VIAJEROS

Navegando por el Pacifico, desde 
Manzanillo (México) a Buenaventura (Colombia)

Desconocedores del destino que los conduce,
atentos a la llamada del mar que brilla ante sus ojos
como una misteriosa materia anonadadora,
poséanse sumergidos en la fatalidad de su sueño.
Un claro sopor de brasas los envuelve
y les motea los pómulos febriles con una agua de ansiedad.
Van bajo las pálidas palmeras del invencible estío
y las mariposas chinescas les aportan la fugaz ilusión de la lejanía.
Sólo tras muchos años habrán madurado sus infortunios
y desperdigados por la tierra
agonizarán indistintamente en sus rincones oscuros
mientras aquí estos grises ramajes indiferentes continúan su hastío.
Viajar es ir muriéndose lentamente,
pasando como en ascuas sobre la triunfante melancolía
e ir abandonando lo más inaprensible de nuestras tristezas
en estos lánguidos parajes que nos ignoran. 


LAS AGUAS 

¿De qué color propio es el mar?
De todo este fluctuar irisado,
¿qué gama responde a su ser intranquilo,
cuál es la coloración de su desnudez?
Vedlo vario, tornadizo, pasivo;
de la magnitud de los elementos
hace las galas de su dejadez
y a todos engaña con su desolado embrujo.
El sol parece penetrarlo de claridades
y en las crestas de las olas brilla fugacísima la flor de ámbar;
plomizo bajo la bruma de las nubes
pavonease recóndito y azul en las tardes serenas.
La noche encuentra en él el arcano de sus deseos.
Viviente materialidad sonámbula,
caen las estrellas sobre el centelleante velo húmedo que encubre su rostro.
y como un dios el alto lucero sumerge su dedo de luz en la palpitante inmensidad.
A todos engaña con sus variadas vestiduras
y entrelazado de plata
o tendido en su intensa cuenca azul
vivifica la oquedad de su existencia con el fulgor ajeno. 


LAS ESTRELLAS 


Cuando anochece, tras esa neblina paliducha,
restos flotantes, de una respiración poderosa,
se va como abriendo en la comba de los cielos
el centelleo de unos jardines oscuros.
Al principio, espectrales como perlas,
miles de luces avanzan de sus nebulosos confines
y comienzan a palpitar como seres extraordinarios
prendidos en no se sabe qué divino aliento.
A medida que avanza la noche negra
toda aquella floración germinada en tan misteriosa latitud
comienza a vivir un parpadeo insistente y encendido
y hasta el mar bajan los raudales de su esplendente agonía.
Constelado musgo celestial
teje entre si vivísimos signos
y descuélganse de sus hilos de oro
como las arañas de un sueño.
En el mar brillan entonces unos cuerpos fugitivos,
preciosos y húmedos, cuya posesión añoraremos eternamente;
porque el hombre intuye que la verdad no ha sido hecha para sus ojos,
y atrevido y ajeno, a la vez, asiste impotente
a tales magnificencias”



LA TORMENTA 

Tanta mansedumbre es sueño vano
y esta densa molicie encubre el furor de los antiguos dioses.
apenas en el horizonte un resplandor amarillo aletea siniestro,
cuando pronto las aguas torvas comienzan a sacudir sus rumorosas cabelleras.
Se apaga toda risueña transparencia
y una mole, fluida y marmórea a un tiempo,
rueda con un hosco estrépito por la libertad de su abismo
cual si arrancara de nuestros ojos la venda de su placidez.
¡Monstruo, terrible monstruo ceniciento,
cuyos brazos húmedos desconocen la clemencia
y en cuyo caos arcaico
todo queda devorado sin gracia vengativa!
Oigo bajo la aplacadora lluvia
el silbido de tu nebulosa naturaleza prisionera,
pájaro sin forma, en cuya pupila única
relampaguea la imagen de la desesperación sin fin.



OYENDO A MOZART

A Elena Aura

¡Oh gracia incomparable cuando el día 

siente llegar la turba deliciosa 

de esos trinos felices! Suspendido 

de esa mágica flauta seductora 

el corazón del mundo empalidece, 
como el rostro transido del amante 
ante la gran presencia deseada. 
Trémulo el soplo de la sangre siente 
que alguien tocó la flor de la energía 
con una mano audaz, mas de sus labios 
óyese ese silbido rumoroso 
de encantamiento, en cuyo fondo agreste 

late la ciega vida de los dioses.

La faz del agua núblase turbada 
por extraña alegría, cual si el genio, 
hijo de su virtud, hubiera vuelto 
tras larga ausencia y en su suave pico 
tras larga ausencia y en su suave pico 
la corona de flores amarillas 
que deslumbra en su sien de peregrino. 
La lluvia cuando ve a tan tierno hermano, 
recoge la mojada cabellera
ante su luz divina y en su antro, 
de vagas nubes, busca el culantrillo
para tejerle un lecho con el junco 
de su mohoso suelo. ¿Quién podría 
resistir a esa dulce criatura 
tras de cuyo murmullo se presiente 
la chispa eterna?. Vagan cambiando 
sus destinos los seres que le escuchan, 
y el águila doblando su ala de oro 
deja pacer tranquilas las ovejas, 
cual si a su rojo corazón de fuego 
embriagárale un sueño prodigioso, 
como un sedante vino. Porque en tanto, 
ya hasta el Amor detiénese en su curso, 
en medio de un feliz aturdimiento, 
cuando alguien más sublime le ha lanzado 
ese dardo para él desconocido.
Dichoso, ¡oh gran rival! Porque le heriste 
con la llama que a todos nos consume.


AL CRISTO 

Yaces como un mortal, divina carne, 
en los humanos brazos de la muerte. 
Tú que en aquel lejano paraíso 
paterno, te movías como sombra ` 
en cuyos labios fértiles brillaban 
las gracias de un patético deseo, 
aquí estás en silencio, como un hombre, 
compartiendo ese miedo tenebroso 
con el que cada cual baja a su tierra 
en hosca soledad. Estás tendido 
y anduviste sobre el mar como una hoja 
de extrema ligereza y eso es todo 
lo que le pasa al hombre, así se vierte 
su alado eco y seca está tu llama. 
¿De dónde nace, de qué extraño anhelo, 
la vocación divina hacia nosotros, 
los débiles mortales? ¿En qué fuente 
de frágil poderío se estremece? 
Los blancos dioses de los ojos ciegos 
nos miraron también y seducidos 
por no sé qué ternuras terrenales 
visitaban las hijas de los hombres, 
o pacientes cuidaban los rebaños, 
o el arado y la flauta nos cedían 
con gentil amistad y en sus desvelos 
melancólicos iban presagiando 
esa gran tentación que a ti te ha hundido 
en un sepulcro. Estás ¡oh verdadero 
Adonis de mis cantos! Entre urnas 
de cristal y las luces tenebrarias 
de la liturgia. Muerte, eres la muerte, 
durante estos tres días, como un hombre, 
al que se llora entero cual si nunca 
fuera a resucitar. Yo soy la vida 
que me dejaste con tu aliento amargo 
de nazareno; aquí guardo conmigo, 
los jardines, la clara voz humana, 
el temblor del crepúsculo y los dejos 
de las sonoras cuerdas, lo que amaste, 
lo que todos los dioses nos envidian 
inclinando sus frentes estatuarias 
hacia el fugaz encanto de este mundo. 
Lo que tú al fin, también nos abandonas, 
con tu frente inclinada, en un supremo 
mortal adiós que empapa tus guedejas 
en ese adverso vino irreparable. 


EL LUJO 
(Balada) 
A Jorge Guillen 

«¿Dónde estás, dónde, en qué país extraño 
has ido a hundir el rostro venerable 
en el agua que aniña y que refresca 
los insignes harapos? ¿A qué tierra 
ignorada del hombre te volviste, 
llorando los caudales misteriosos 
de una gran deserción, de una congoja 
de algo viejo y pesado que se hunde? 
¿Por qué caminos fuiste abandonando 
el gran oro del sol, cuando mirabas 
temblar la tierra, llena del reflejo 
de tus antiguos ojos de esmeralda?» 
Pocos recuerdan ya tus esplendores, 
algún anciano amable, alguna dama 
que acaba de expirar te sonreía 
en su dichoso espejo. Y eso es todo. 
Tus huellas más recientes se han perdido 
entre la ciudadana indiferencia 
de este gran malestar y algún objeto 
sale a veces cual lívido fantasma 
hasta el ceño y encono de unos ojos 
endurecidos. Polvo y terciopelo, 
son hoy tristes hermanos que se aman. 
Mas nosotros seguimos el camino. 
Y sin embargo yo te recordaba, 
porque de niño pude vislumbrarte 
cuando tus equipajes preparados, 
brilló una extraña cola tras la puerta 
del dorado salón. Yo nunca supe 
si eras hombre o mujer, porque fue un goce 
tan cálido aquel soplo amarillento 
que tenía delante, que confieso 
me perdió, cual trastorno, una molicie 
fría y severa en torno a unos modales, 
cuyo recuerdo guardo como un santo 
la verdad revelada. Vi un sombrero 
tan hermoso, posado en la cabeza 
de un ser extraordinario, con sus plumas 
de bengala caídas con un dejo 
de tal inolvidable negligencia, 
que me rendí a la sombra de su influjo 
ceremonioso. En una mesa antigua, 
vi unos guantes en tono de canela 
escarchados de perlas diminutas. 
Ajetreadas gentes se movían 
sobre un musgo de púrpura y abajo 
de los anchos balcones esperaban 
los landeaux entre un humo delicioso 
de caballos que piafan impacientes, 
con sus sombrías riendas perfumadas 
y el primitivo fuego en las antorchas 
de los ujieres, pálidos de muerte. 
La voz timbrada de una dulce amiga 
me dijo adiós y al ir con reverencia 
a besarle la mano en que oprimía 
un haz de violetas como el cetro 
de una divinidad, vi tras los velos 
espesos que cubrían su semblante, 
como un tigre que enfunda su fiereza 
con felina elegancia. Nunca supe 
si era hombre o mujer. Salieron todos 
con un frou-frou radiante de festines 
y bailes algo lúgubres en cambio. 
Oí que los cocheros repetían: 
¡Hacia San Petersburgo! En poco tiempo 
todo había pasado. Y estas luces, 
que alumbran como estrellas en el cielo 
el tétrico paisaje de la Historia, 
se irán helando en siglos y distancias, 
en silencioso polvo diamantino, 
como una nebulosa diadema 
inalcanzable el ansia del arqueólogo. 

A UN CARRETERO QUE CANTABA 

¿Dónde estarás, ¡oh dulce somnolencia! 
¡oh triste sino! ¡astilla en noble pecho! 
aquella voz sonando hacia los montes 
por el hondo camino de la muerte? 
¡Oh voz inmemorial! Viril gemido, 
que pasaba en las sombras primerizas 
de la noche, entre el polvo y los jazmines, 
como un dios dolorido que frecuenta 
la tibia tierra. Ningún instrumento 
acompañaba allí las soledades 
del cantor misterioso y sólo el ritmo 
aquel que transportaba 
la voz arcaica en carro de tristezas, 
daba corporeidad a la invisible 
canción crepuscular. Nada ha traído 
a lo que soy yo mismo en estas horas 
más condensada esencia, más fulgores 
de destino y de sangre, que ese canto 
de un ser desconocido. Nada ha puesto 
ni el amor, ni los libros, ni el revuelto 
tiempo de mi vivir, tal temple al alma 
como me dio la voz sonambulesca 
del que pasaba en medio de las sombras, 
tan pegado a la tierra sin embargo, 
como alguien que conoce un gran secreto, 
un secreto terrible que enamora 
para siempre, aquí hundido en el regazo 
de una maravillosa pena oscura. 

A LAS HIERBAS DE ESPAÑA 
A Concha de Albornoz 

Allí estaréis, en medio de los campos, 
en los fríos picachos, en las dulces 
colinas azulosas, en las sierras 
donde el aire parece el compañero 
más benigno del hombre y lo acompaña 
cantándole al oído viejas trovas 
de la región, en esos foscos nidos 
de las piedras con trazas de perdices, 
donde se oye la tórtola y saltando 
cruza la hermosa liebre sonrosada, 
allí estáis todavía en ese velo 
envueltas de distancia. Es un suspiro, 
algo más, una pena originaria, 
una obsesión que nutre y enamora, 
como un lento perfume que de niños 
nos invadió una espléndida mañana 
al beber de una fuente deliciosa 
o esas aguas paradas sobre piedras 
de pórfiro en que crecen unos juncos. 
Allí estaréis en esas soleadas 
horas de la cigarra en que los pinos 
todos atravesados de espadines 
de luz, dan a la siesta del que pace 
un murillesco sótano de gloria. 
Felices los que pueden todavía 
errar entre tus lumbres, como ungiendo 
sus pies con el aroma que despiden 
vuestras sabrosas hojas y lanzando 
a los ámbitos gritos de tristeza, 
llorar puedan al menos acogidos 
en los frescos ramajes maternales. 
Sus lágrimas se vierten sobre un vaso 
que conoce el sabor de sus desvelos, 
mas ¡ay! ¿quién puede aquí al oír mis cantos 
palpitar con un son desconocido? 

EL HEREDERO

Como quien heredero se pasea 
por una extraña finca que ahora es suya, 
tal que no teme a nadie que lo excluya 
de aquella propiedad, así parece 
que hay días en el hombre en que se acrece 
una seguridad vital a cuya 
gracia es inseparable que le huya 
toda sombra indecisa; un genio orea 
dentro del pecho viñas y bondades 
como colmada herencia, nubes, cosas, 
que por los ojos pasan presurosas 
a hacerse nuestras: sueños, realidades… 
Todo lo que es la nada y se extravía 
sube hasta el corazón y se confía. 

Concertar es amor Madrid, 1951 
SONETO XLV 

Solo y con guantes blancos, un soldado, 
siente pasar el día de la fiesta 
sin tener donde ir, ni manifiesta 
deseos ni alegría; se ha sentado 
en un jardín con aire descuidado 
para no sabe qué: pensar no acierta, 
soñar no entiende, acaso hay una incierta 
vocación de vivir ensimismado 
dejando hacer al tiempo… En su ropaje 
hay una flojedad que no respeta 
lo insólito del guante de etiqueta 
en aquel ser perdido y van las horas, 
la soledad, el polvo y el celaje 
nutriéndolo de esencias destructoras. 


EL AZUL 
A Joan Maragall 
Hay un color intenso e infinito 
que corona la vida. 
Hay un azul profundo, inaccesible, 
que pone, como un palio, a nuestra vida 
sombra candente, un palio venturoso, 
medio de cielo azul y de misterio, 
que tiembla, fijo, en medio del espacio, 
como una viva cúpula de llamas 
trazada por un brazo fugitivo. 
Es un color constante y admirable 
que nos sustenta, el ojo que resume 
nuestra mirada entera, es un arcano 
del que nada se puede precisar: 
un aire vaporoso que trasciende 
más etapas de azul, y a pleno día 
una vibrante pulpa indehiscente 
de mármoles azules. Como el oro 
sujétase a la cumbre de los montes 
el hálito sereno que traspira 
la inmensidad y baja del abismo, 
como unas cataratas invisibles, 
resonando, el silencio. 

LA MUERTE 
En el día de difuntos 
A Joaquín Marco 

En estos días, Muerte te señalan 
como la Vida misma. Todos bullen 
en torno de tu pozo inexcrutable 
como van las hormigas afanosas 
hacia su punto oscuro. Ay, ellas, dentro, 
aún trajinan y viven al amparo 
de su oculta existencia, subterráneas, 
y por sus misteriosas avenidas 
circulan los recónditos trasiegos 
de vida eterna. Vuelven y se marchan 
entre dos mundos ciertos, van y vienen, 
en una agitación ceremoniosa 
sin que las que retornan digan nada 
de lo que vieron. Hosca está la tierra 
para el que sus designios silenciosos 
pretenden penetrar. Abre sus bocas 
cual palpitante ser, su fauce negra. 
Que siempre son colmadas con despojos 
de semejantes nuestros. Luego impera 
por algún tiempo aún ese vacío 
a quien llamamos, fieles todavía, 
con aquel nombre extraño. Todo calla 
si se pronuncia, un eco más profundo 
es la sola respuesta que reciben 
nuestras vanas palabras. Luz y aire, 
eternos fundamentos de la vida. 
Yo os llevo en mí mas siempre estoy inquieto 
por esa ansiosa sombra en que me veo 
palidecer. ¿La tierra es nuestra madre 
como quieren aquéllos que nos guían, 
o es simplemente un ser que no se sacia 
como yo no me sacio de las cosas 
que en torno mío crecen? ¿Soy el hijo 
del hambre más escueta, soy la garra 
y a la vez el temblante corderillo 
que va a ser inmolado? Todo tiembla 
dentro de mí y delante de mis ojos 
y en esa vibración oigo el secreto 
feroz de la existencia. Luz y aire 
oh dulces compañeros de la suerte, 
cuánta bondad. Hoy luce un sol tranquilo 
y entre las tumbas bulle el hormigueo 
de los que con susurros y con flores, 
algún recuerdo, un duelo, una esperanza, 
vienen a convivir por unas horas 
con no se sabe qué: mueven sus manos 
colocando los mirtos y las rosas 
sobre las piedras lisas cuyo roce 
nos estremece: bajo de este suelo 
diríase que un mar petrificado 
nos comunica helor… Una caricia 
es en cambio esta luz para la carne 
que se defiende en pie de esas llamadas 
más que sombrías. Oye nuestro anhelo 
de un lado los acordes de la muerte 
del otro la templanza que lo anima 
la suavidad del aire. Es más bien triste. 
Triste es la vida y dulce sin embargo… 
Más no se sabe. Fuera están los coches 
que nos alejarán de estos lugares 
tan provisionalmente. En sus estribos 
se posa nuestro pie. ¡La vida es nuestra! 
Luego como en baluartes encerrados 
qué ligereza es todo. Allí verdean 
los seculares campos. De las casas 
salen al sol los niños indefensos 
que juegan cual corpúsculos movibles 
de la mañana. Como se disuelven 
los sueños porque estamos ya despiertos 
y otras verdades pueblan nuestra vista, 
así van alejándose los muertos 
como gasa flotante tras las ruedas 
de este frágil temblor que nos conduce… 
Uno piensa en sus libros, otro en cosas 
del amoroso juego, éste en canciones 
o aquél en sus deberes incumplidos. 
Los afanes constantes nos encantan 
en medio del azul del mediodía: 
Todo es vigor, destreza, algún suspiro… 
Y como transparente llama fría 
que en cada cual resuelve su deseo 
la muerte viene siempre con nosotros 
y nunca en balde. 

EL BUDA 

He pedido a los labios de la vida 
mutismo más que besos. Me he mirado 
en los hondos espejos de la nada 
para fijar en ellos la presencia 
de mi fugacidad. Rompí las normas 
que dóciles legáronme los míos 
cual un caudal inerte. Y fui a los montes 
a contarles mis cuitas con el pecho 
unas veces sumido en su tristeza 
otras casi rompiendo en aleluyas 
su corazón. La tierra y el silencio 
fueron el gran palacio de mi suerte, 
rincón en que ignorado pude solo 
lograr la paz. La paz, la paz terrible, 
la paz que me arrullaba la firmeza 
sin fe ni arraigo en nada: la paz pura. 

In promptus 
Playa Eterna

Sentirme en los anales de la vida 
bajo la brisa rubia del espacio. 
Sentirme respirar, oler, moverme 
con indolencia, un cuerpo perezoso 
a fuerza de encarnar el rudo impulso 
del animal que calla descansando. 
Sentirme ser, pasando lentamente 
de una vida a la otra, de este fuego 
a no se sabe qué, un recuerdo alegre. 
Alguien nos nombra siempre en algún sitio 
mientras estamos solos y olvidados 
de todos los demás. Sentirme vivo 
porque en esta inacción se funde todo 
lo que nos parecía irresistible, 
la soledad, el sol, el hecho inerte 
de la arena y el mar como unos brazos 
que nos prometen claros los rumores 
del amor que está lejos, cerca, nunca, 
parsimoniosamente repitiendo 
su vaivén sin igual, su playa eterna.


Mientras vivimos nunca registramos 
que ya estamos viviendo. Nos parece 
que la vida vendrá, será otra cosa, 
un don desconocido, la esperamos, 
no sabemos qué hacer, como los otros 
emprendemos afanes y quehaceres 
trashumantes. La vida, en cambio, ha tiempo 
que ya empezó y su curso inmenso fluye. 
Vivir es insensible y vaporoso 
algo como una gasa, un éter puro. 
Pero un bullicio ajeno nos envuelve 
y a su son agitados nos movemos 
sin resistencia. Fuera van las horas 
dando pulso invisible a los relojes 
y acumulándose como las nubes 
cuando anuncian tormenta. Un día llega 
en que la exacta fecha recordamos 
de nuestro nacimiento y presuroso 
late el pecho volviendo la cabeza 
hacia el crepuscular camino yerto 
que hemos dejado atrás. La vida nuestra 
nos reclama, es apenas como un sueño, 
y solemos tendernos en la sombra 
para rememorar, para ilustrarnos 
sobre quién hemos sido, quién seremos 
perpetuamente, un ser ante el que el hombre 
más bien siente extrañeza y descontento: 
Un ser enemistado. Un hambre antigua. 

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