lunes, 8 de enero de 2018

Virgen de Guadalupe.

https://www.iglesia.info/virgen-de-guadalupe/
De J. J.Benítez es el libro: "El misterio de la Virgen de Guadalupe", "Sensacionales descubrimientos en los ojos de la virgen mexicana" publicado por la editorial Planeta en su colección Documento, nº 102. De la 8ª edición en el año 1982 tomo este relato de las apariciones a Juan Diego de Nuestra Señora, la impresión milagrosa de la imagen y los avatares por los que ha pasado, así como un vídeo tomado de youtube sobre las imágenes grabadas en los ojos de la escena en el instante en la que se produce el milagro:

Muchos de los trabajos que consultó Juan José Benítez en su investigación sobre las apariciones al indio mexicano Juan Diego y los milagros de la Virgen de Guadalupe, señalaban a un antiquísimo documento indio --el Nican Mopohua— como uno de los más importantes y claros en la transmisión de los hechos que tuvieron lugar en los primeros días de diciembre de 1531. 

El autor de dicho relato —cuyo original no ha sido encontrado por el momento— era Antonio Valeriano, un indígena de gran prestigio y cultura, que debió de poner por escrito las apariciones entre los años 1545 y 1550.

Aquel «autor», por tanto, fue coetáneo de Juan Diego y —¿quién sabe?— quizás conoció los sucesos de labios del propio protagonista. Según los historiadores, Valeriano tenía once años cuando se produjeron las apariciones y veintiocho cuando falleció Juan Diego.

Aunque su lengua natal era el náhuatl —idioma de los mexica —Antonio Valeriano aprendió también el castellano y el latín, alcanzando gran renombre por su sabiduría. Su fama fue tal en aquellos primeros tiempos de la conquista española que el propio historiador fray Bernardino de Sahagún lo incluyó en su «equipo» de colaboradores para la redacción de su formidable obra “Historia general de las cosas de la Nueva España”.

Tuvieron que pasar algunos años, sin embargo, para que el relato de Valeriano —escrito originalmente en náhuatl-—- fuera traducido al castellano. El acierto fue obra del bachiller Luis Lasso de la Vega, que lo envió a la imprenta en 1649.


¿Qué quiere decir Nican Mopohua?

Según los expertos: «Aquí se cuenta, se ordena...» Éstas, sencillamente, son las primeras palabras con que arranca la citada narración del indígena y humanista Antonio Valeriano. Y de ahí tomó el título el documento que paso a exponer a continuación y en el que están contenidos aquellos insólitos sucesos.

Dice así, textualmente, la traducción del Nican Mopohua:

AQUÍ SE CUENTA, se ordena, cómo hace poco milagrosamente se apareció la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, nuestra Reina, allá en el Tepeyac, de renombre Guadalupe.

Primero se dejó ver de un pobre indio llamado Juan Diego; y después se apareció su preciosa imagen del nuevo obispo don fray Juan de Zumárraga (se cuentan) todos los milagros que ha hecho.

1. Mexican plural de mexicatl, «un mexicano».
2. Nueva España: así fue denominado por los conquistadores españoles lo que hoy es la República mexicana.

Diez años después de tomada la ciudad de México, se suspendió la guerra. y hubo paz en los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive.

A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego, según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales, aún todo (el indio Juan Diego) pertenecía a Tlatilolco.


Primera aparición

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. Y al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyacac (Tepeyac), amanecía... . Y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de vanos pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del coyoltótotl y del tamizcan y de otros pájaros lindos que cantan.

Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: «¿Por ventura soy digno de lo que oigo?, ¿quizá sueño?, ¿me levanto de dormir?, ¿dónde estoy?, ¿acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores?, ¿acaso ya en el cielo?»

Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo, de donde procedía el precioso canto celestial. Y así que cesó repentinamente y se hizo el Silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: «¡Juanito, Juan Diego!»

Luego se atrevió a ir a donde le llamaban. No se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo el cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris. . . Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.
                                                  3. Ajorca: argolla de metal que se usa como brazalete.

Se inclinó delante de ella y oyó su palabra, muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?» El respondió: «Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor.»

Ella luego le habló y le descubrió su santa voluntad. Le dijo: «Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.

»Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído.

»Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo.

»Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo.» Al punto se inclinó delante de ella y le dijo: «Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato; por ahora me despido de ti, yo tu humilde siervo.» Luego bajó, para ir a hacer su mandato; y salió a la calzada que viene en línea recta a México.

Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, que era el prelado que muy poco antes había venido y se llamaba don fray Juan de Zumárraga, religioso de San Francisco.

Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle. Y pasado un buen rato, vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.

Luego que entró, se inclinó y arrodilló delante de él; en seguida le dio el recado de la Señora del cielo; y también le dijo cuanto admiró, vio y oyó. Después de oír toda su plática y su recado, pareció no darle crédito.

Y le respondió: «Otra vez vendrás, hijo mío, y te oiré despacio ; lo veré muy desde el principio y pensaré en la voluntad y deseo con que has venido.»

El salió y se vino triste, porque de ninguna manera se realizó su mensaje. 

 
Segunda aparición

En el mismo día se volvió; se vino derecho a la cumbre del cerrillo, y acertó con la Señora del cielo, que le estaba aguardando, allí mismo donde la vio la vez primera.


Al verla, se postró delante de ella y le dijo: «Señora, la más pequeña de mis hijas, Niña mía, fui a donde me enviaste a cumplir tu mandato: aunque con dificultad entré adonde es el asiento del prelado, le vi y expuse tu mensaje, así como me advertiste.

»Me recibió benignamente y me oyó con atención; pero en cuanto me respondió, pareció que no lo tuvo por cierto. »Me dijo: “Otra vez vendrás: te oiré más despacio; veré muy desde el principio el deseo y voluntad con que has venido.”

»Comprendí perfectamente en la manera con que me. respondió, que piensa que es quizá invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.

»Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía.»

Le respondió la Santísima Virgen: «Oye, hijo mío el mas pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tu mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.

»Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas a ver al obispo.

»Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad: que tiene que poner por obra el templo que le pido.

»Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía.»

Respondió Juan Diego: «Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandato; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad; pero acaso no seré oído con agrado; o si fuese oído, quizá no se me creerá.

»Mañana en la tarde, cuando se ponga el sol, vendré a dar razón de tu mensaje con lo que responda el prelado.

»Ya de ti me despido, Hija mía la más pequeña, mi Niña y Señora. Descansa entretanto.»

Luego se fue él a descansar en su casa.

Al día siguiente, domingo, muy de madrugada, salió de su casa y se vino derecho a Tlatilolco, a instruirse de las cosas divinas y estar presente en la cuenta, para ver en seguida al prelado.

Casi a las diez, se aprestó, después de que se oyó Misa y se hizo la cuenta y se dispersó el gentío.

Al punto se fue Juan Diego al palacio del señor obispo.

Apenas llegó, hizo todo empeño por verle: otra vez con mucha dificultad le vio; se arrodilló a sus pies; se entristeció y lloró al exponerle el mandato de la Señora del cielo; que ojalá que creyera su mensaje, y la voluntad de la Inmaculada, de erigirle su templo donde manifestó que lo quería.

El señor obispo, para cerciorarse, le preguntó muchas cosas, dónde la vio y cómo era; y el refirió todo perfectamente al señor obispo.

Mas aunque explicó con precisión la figura de ella y cuanto había visto y admirado, que en todo se descubría ser ella la siempre Virgen Santísima Madre del Salvador Nuestro Señor Jesucristo; sin embargo, no le dio crédito y dijo que no solamente por su plática y solicitud se había de hacer lo que pedía; que, además, era muy necesaria alguna señal, para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del cielo.

Así que lo oyó, dijo Juan Diego al obispo: «Señor, mira cuál ha de ser la señal que pides; que luego iré a pedírsela a la Señora del cielo que me envió acá.»

Viendo el obispo que ratificaba todo sin dudar ni retractar nada, le despidió.

Mandó inmediatamente a unas gentes de su casa, en quienes podía confiar, que le vinieran siguiendo y vigilando mucho a dónde iba y a quién veía y hablaba. Así se hizo.

Juan Diego se vino derecho y caminó por la calzada; los que venían tras él, donde pasa la barranca, cerca del puente del Tepeyácac, le perdieron; y aunque más buscaron por todas partes, en ninguna le vieron.

Así es que regresaron, no solamente porque se fastidiaron, sino también porque les estorbó su intento y les dio enojo. Eso fueron a informar al señor obispo, inclinándole a que no le creyera: le dijeron que no más le engañaba; que no más forjaba lo que venia a decir, o que únicamente soñaba lo que decía y pedía; y en suma discurrieron que si otra vez volvía, le habían de coger y castigar con dureza, para que nunca más mintiera y engañara.

Tercera aparición

Entretanto, Juan Diego estaba con la Santísima Virgen, diciéndole la respuesta que traía del señor obispo.

La que oída por la Señora, le dijo: «Bien está, hijito mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará.

»Y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has impedido.

»Ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo.»

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió.

Porque cuando llegó a su casa, a un tío que tenía, llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave.

Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave. Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera y viniera a Tlatilolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría.

Cuarta aparición

El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote.

Y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac (Tepeyac), hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: «Si me voy derecho por el camino, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que lleve la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo de prisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando.»

Luego dio vuelta al cerro; subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del cielo. Pensó que por donde dio la vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo:

«¿Qué hay, hijo mío el más pequeño?, ¿adónde vas?» Se apenó él un poco, o tuvo vergüenza, o se asustó.

Se inclinó delante de ella y la saludó, diciendo:

«Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido?, ¿estás bien de salud, Señora y Niña mía?

»Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir. Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar a uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, vinimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

»Pero sí voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje.

»Señora y Niña mía, perdóname, tenme por ahora paciencia. No te engaño, Hija mía la más pequeña. Mañana vendré a toda prisa.»

Después de oír la plática de Juan Diego, respondió la piadosísima Virgen:

«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón. No temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia.

»¿No estoy yo aquí?, ¿no soy tu Madre?, ¿no estás bajo mi sombra?, ¿no soy yo tu salud?, ¿no estás por ventura en mi regazo?, ¿qué más has menester?

»No te apene ni te inquiete otra cosa. No te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó.»

(Y entonces sanó su tío, según después se supo.)

Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del cielo, se consoló mucho; quedó contento.

Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba, a fin de que le creyera. La Señora del cielo le ordenó luego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía.

Y le dijo:

«Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo; allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; en seguida baja y tráelas a mi presencia.»

Al punto subió Juan Diego al cerrillo. Y cuando llegó a la cumbre, se asombró mucho de que hubieran brotado tantas varias exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo: estaban muy fragantes y llenas del rocío de la noche, que semejaba perlas preciosas.

Luego empezó a cortarlas; las juntó todas y las echó en su regazo.

La cumbre del cerrillo no era lugar en que se dieran ningunas flores, porque tenía muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites; y sí se solían dar hierbecillas, entonces era el mes de diciembre, en que todo lo come y echa a perder el hielo.

Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió en su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole:

«Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador, muy digno de confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo, que fueras a cortar flores, y todo lo que viste y admiraste, para que puedas inducir al prelado a que dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido.»

Después que la Señora del cielo le dio su consejo, se puso en camino por la calzada que viene derecho a México: ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores,

La misteriosa «estampación» de la imagen

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó que le dijeran que deseaba verle; pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno. Además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.

Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él, para ver lo que traía y satisfacerse.

Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía, y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco, que eran flores; y al ver que todas eran diferentes rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo que estuvieran muy frescas, y tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.

Quisieron coger y sacarle algunas, pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas: no tuvieron suerte, porque cuando iban a recogerlas, ya no veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al señor obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba, queriendo verle.

Cayó, al oírlo, el señor obispo en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. En seguida mandó que entrara a verle. Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje.

Dijo; «Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide «que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.

»Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad.

»Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.

»Después que fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera.

»Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé.

»Cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo, miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío, que luego fui a cortar.

»Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que me pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje.

»Helas aquí: recíbelas.»

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores. Y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyacac, que se nombra Guadalupe.


Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron: mucho la admiraron; se levantaron a verla; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pensamiento.

El señor obispo con lágrimas de tristeza oró y le pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato.

Cuando se puso en pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la Señora del cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo, que aún le detuvo.

Al día siguiente, le dijo: «¡.Ea!, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del cielo que le erijan su templo.»

Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo.

No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse. Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino; el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, y le dijo la Señora del cielo que ya había sanado.

Aparición a Juan Bernardino


Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.

Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.

Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del cielo; la que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo, para que le edificara una casa en el Tepeyácac.

Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.

También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había ella sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe. Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguar delante de él.

A entrambos, a él y a su sobrino, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina en el Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.

El señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del cielo: la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen. La ciudad entera se conmovió: venia a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración.

Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.


Descripción de la imagen

Esta parte del Nican Mopohua finaliza con una descripción de la tilma o túnica del indio Juan Diego, así como de la misteriosa imagen que apareció impresa en el tejido. Dice así:

La manta en que milagrosamente se apareció la imagen de la Señora del cielo, era el abrigo de Juan Diego: ayate un poco tieso y bien tejido. Porque en este tiempo era de ayate la ropa y abrigo de todos los pobres indios; sólo los nobles, los principales y los valientes guerreros, se vestían y ataviaban con manta blanca de algodón.

El ayate, ya se sabe, se hace de ichtli, que sale del maguey. Este precioso ayate en que se apareció la siempre Virgen nuestra Reina es de dos piezas, pegadas y cosidas con hilo blando.

Es tan alta la bendita imagen, que empezando en la planta del pie, hasta llegar a la coronilla, tiene seis jemes (4) y uno de mujer. Su hermoso rostro es muy grave y noble, un poco moreno. Su precioso busto aparece humilde: están sus manos sobre el pecho, hacia donde empieza la cintura. Es morado su cinto. Solamente su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado color ceniza. Su ropaje, en cuanto se ve por fuera, es de color rosado, que en las sombras parece bermejo; y está bordado con diferentes flores, todas en botón y de bordes dorados. Prendido de su cuello está un anillo dorado, con rayas negras al derredor de las orillas, y en medio una cruz.
 
4. Jeme: se trata de una medida de longitud. Concretamente,
un jeme es la distancia que hay desde el extremo del dedo pulgar al
del dedo índice de una misma mano, separando el uno: del otro todo lo posible. 
                                               El jeme de hombre es unos centímetros más grande que el de mujer.

Además, de dentro asoma otro vestido blanco y blando, que ajusta bien a las muñecas y tiene deshilado el extremo. Su velo, por fuera, es celeste; sienta bien en su cabeza; para nada cubre su rostro; y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por en medio: tiene toda su franja dorada, que es algo ancha, y estrellas de oro por dondequiera, las cuales son cuarenta y seis.

Su cabeza se inclina hacia la derecha ; y encima sobre su velo, está una corona de oro, de figuras ahusadas hacia arriba y anchas hacia abajo.

A sus pies está la luna, y cuyos cuernos van hacia arriba. Se yergue exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos la siguen y rodean por todas partes. Son cien los resplandores de oro, unos muy largos, otros pequeñitos y con figuras de llamas: doce circundan su rostro y cabeza; y son por todos cincuenta los que salen de cada lado. Al par de ellos, al final, una nube blanca rodea los bordes de su vestidura. Esta preciosa imagen, con todo lo demás, va corriendo sobre un ángel, que medianamente acaba en la cintura, en cuanto descubre; y nada de él aparece hacia sus pies, como que está metido en la nube.

Acabándose los extremos del ropaje y del velo de la Señora del cielo, que caen muy bien en sus pies, por ambos lados los coge con sus manos el ángel, cuya ropa es de color bermejo, a la que se adhiere un cuello dorado, y cuyas alas desplegadas son de plumas ricas, largas y verdes, y de otras diferentes.

La van llevando las manos del ángel, que, al parecer, está muy contento de conducir así a la Reina del cielo.


Demasiadas incógnitas por despejar

El famoso relato del siglo XVI concluye con un extenso capítulo «en el que se refieren ordenadamente todos los milagros que ha hecho la Señora del cielo nuestra bendita Madre de Guadalupe».

Pero no eran los milagros lo que a mí me interesaba en aquellos momentos de la investigación. Así que centré mi atención en la narración, propiamente dicha, de las apariciones. Ante mi sorpresa - tal y como puede verse en las páginas del Nican Mopohua - la Señora no se apareció una única vez, sino varias... Aquello, en principio, hacía mucho más interesante el caso.

Repasé una y otra vez la historia del «misterio» del Tepeyac y mi confusión —lejos de disiparse
fue en aumento. Aquella leyenda, al menos a primera vista, parecía tener mucho más de fantasía que de realidad...

Pero me prometí a mí mismo saltar por encima de mi natural escepticismo y situarme en una postura lo más fría y objetiva posible. No debía aceptar a ciegas la historia de las apariciones en el cerro del Tepeyac, pero tampoco podía rechazarla.. Era preciso seguir investigando. Tenía que ir despejando aquella maraña de dudas e incógnitas. Pero ¿cómo? ¿Cómo podía comprobar que el autor del Nican Mopohua —Antonio Valeriano- había dicho la verdad? ¿Había existido un indio llamado Juan Diego

¿Por qué aquella Virgen se llamaba, «Guadalupe»? ¿Qué tenía que ver con la «Guadalupe» española, la que se venera en Cáceres? ¿No era un tanto extraño —yo diría que «sospechoso-— que se hubiera aparecido una. Virgen con nombre español (aunque «Guadalupe» sea palabra árabe), justamente cuando los primeros conquistadores españoles —muchos de ellos nacidos en Extremadura y grandes devotos de la Guadalupe cacereña—- acababan de desembarcar en México5?

Y suponiendo y aceptando que la tilma o manta o túnica del indio hubiera quedado mágica o milagrosa o misteriosamente «impresa» o «dibujada» o «pintada» con la figura de aquella Señora, ¿qué decían los científicos y expertos en pintura? ¿O no se trataba de una pintura, tal y como nosotros entendemos este arte? ¿Qué diablos era una tilma? ¿Cómo y con qué estaba confeccionada? ¿Es posible que un tejido de esta naturaleza pueda conservarse durante 450 años?

Y, sobre todo, ¿qué tenía que ver el descubrimiento de un «hombre con barbas» en los ojos de esta supuesta pintura con la leyenda de las apariciones? 

http://forosdelavirgen.org/49250/el-mensaje-en-los-ojos-de-la-virgen-de-guadalupe-fue-puesto-por-el-cielo-hace-500-anos-para-nuestra-generacion-2014-12-11/

5. La invasión de los españoles en tierras mexicanas
se produjo en 1519
(«Uno Caña», según el calendario indígena),

Volvamos al siglo XVIII y al instante en que, en un descuido de los responsables de la limpieza del marco, el ácido nítrico se derramó sobre la superficie del ayate. Según los especialistas a quienes consulté, la caída de este ácido tan violento sobre fibras vegetales de maguey tenía que haber provocado, cuando menos, una considerable destrucción de las capas más superficiales del tejido.

Generalmente, una trama tan frágil como el «hilo» de maguey queda prácticamente «consumida» por el ácido nítrico y ello hubiera dado lugar a un irreparable agujero en la tilma del indio Juan Diego.

Pero nada de esto sucedió.

Aparecieron, eso sí, y aún se distinguen sobre la tilma, unas manchas de color amarillento que —inexplicablemente para los expertos
«están desapareciendo con el tiempo...» La reacción —es decir, la aparición de esas manchas amarillas- es conocida por el nombre de «xantoproteica».11

Y decía que no estoy del todo conforme con esa calificación de «milagro» para este hecho porque, sencillamente, y desde un punto de vista estrictamente personal, un «milagro» es un acontecimiento «que se opone o que está en contra de las leyes de la naturaleza». Por ejemplo: yo entiendo como auténtico «milagro» que a una persona que le falta un brazo o una pierna le vuelvan a crecer, de la noche a la mañana... Esto sí que está por encima de las leyes físicas de la naturaleza.

Es posible que esta definición de milagro no sea todo lo teológica y científica que algunos puedan desear, pero creo que resulta fácilmente comprensible y, sobre todo, a mí me sirve.

Me parece, por tanto, un poco arriesgado colgar la reacción «xantoproteica» (de «xantho»:amarillo): Las proteínas son sustancias nitrogenadas, extremadamente complejas, que son constituyentes esenciales de las células vivas de plantas y animales. Todas contienen carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Muchas de ellas poseen también azufre, fósforo y hierro. Son coloidales, amorfas, ópticamente activas, se precipitan de sus soluciones por el alcohol o por soluciones concentradas de sales alcalinas. Si se les hidroliza se disocian en gran cantidad y variedad de aminoácidos, que en número mayor de veinte constituyen los componentes unitarios de las proteínas. Con el ácido nítrico concentrado producen color amarillo, deshaciéndolas poco a poco,
correspondiente etiqueta de «milagro» a un hecho que podría —he dicho «podría— tener una o varias explicaciones racionales y científicas.

Cuando el ácido se vertió sobre la esquina del ayate, en esa zona había una capa de pintura. Y he dicho bien —«pintura»—, que corresponde a las «nubes» que rodean la figura de la Señora. Está sobradamente demostrado —y lo comprobaremos en el siguiente capítulo— que dicha capa de pintura era uno de los retoques o añadidos que le fueron hechos a la imagen original y primitiva: la que quedó misteriosamente impresa en el tejido de la tilma de Juan Diego.

No sabemos qué clase de influencia o protección pudo ejercer la referida capa de pintura humana al contacto con el ácido nítrico. De todas formas es muy probable que actuara como un «aislante», evitando así la catástrofe.
En mi opinión —y repito que puedo estar equivocado—, una de las señales más claras de que «no hubo milagro» es que el ácido, a pesar de todo, dejó su huella: ahí están las manchas amarillas. Si se hubiera producido realmente una «acción» milagrosa o divina, esas manchas no tendrían por qué haber aparecido. No olvidemos, además, que el ácido se encontraba sensiblemente rebajado por ese cincuenta por ciento de agua...

Y ya que estamos metidos en la poco clara «harina» de los milagros, analicemos otro suceso en el que se vio envuelta también la tilma de Guadalupe y que ha sido clasificado igualmente como «hecho milagroso»

 
El atentado de 1921

A las 10.30 de la mañana del 14 de noviembre de 1921 un obrero llamado Luciano Pérez depositó un ramo de flores en el altar mayor de la antigua basílica de Guadalupe. Aquella ofrenda floral contenía una carga de dinamita. Luciano salió tranquilamente del templo y, a los pocos minutos, la bomba hizo explosión a escasos metros de la urna que contenía la tilma original del indio Juan Diego. Los destrozos fueron muy considerables. La explosión demolió la casi totalidad de las gradas de mármol del citado altar mayor, los candeleros, todos los floreros, los cristales de la mayor parte de las casas cercanas a la basílica y dobló un Cristo de latón como si fuera de goma...

Inexplicablemente —y aquí recurro al testimonio de un especialista en criminología como es el profesor Bermúdez—, «ni siquiera se quebró el cristal que cubría la imagen de la Virgen y que se hallaba muy próxima al foco de la detonación. El suceso -concluyen los especialistas- no puede ser explicado científicamente».

Sin tratar de restar un solo gramo de fe a cuantos creen en la Señora de Guadalupe, pienso, no obstante, que es preciso afinar mucho en este tipo de acontecimientos antes de echar al vuelo las campanas del milagro. Para ello habría que haber efectuado un minucioso estudio de la explosión: dirección de la onda expansiva, naturaleza y tipo del explosivo, posibles obstáculos que encontró la dinamita en su estallido y que quizá preservaron el cristal y a la imagen, etc. 

Todo ello, insisto, con un desapasionado análisis, sí nos proporcionaría una idea más precisa de lo que sucedió en el interior de la basílica en 1921.

Durante mi vida profesional, como reportero en cuatro periódicos españoles, he asistido a infinidad de explosiones, atentados, accidentes en fábricas de explosivos, etcétera, y puedo dar fe de que, en ocasiones, tanto personas como .objetos que se encontraban muy cerca de las detonaciones apenas si han sufrido daños e, incluso, han salido totalmente ilesos. Quiero decir con esto que en una explosión, por muy potente que ésta sea, a veces coinciden o confluyen circunstancias que le dan al suceso un aparente carácter «milagroso» pero que, desde el punto de vista técnico y científico, tiene una explicación lógica y racional.

Para lo que no encuentro una «explicación» suficiente —todo hay que decirlo— es para el hecho concretísimo de que el cristal que protegía el ayate no quedara pulverizado. Por lógica, si la detonación afectó a las ventanas de otros edificios, retirados decenas de metros de la mencionada basílica, el vidrio que cubría la tilma debería haber saltado en mil añicos o, cuando menos, haber quedado resquebrajado. . .
La explosión, indiscutiblemente, tuvo que ser muy violenta. Durante mis visitas a la nueva basílica pude observar la urna en la que se conserva el Cristo de latón, totalmente retorcido, que se hallaba relativamente próximo al nucleo de la detonación.

Sin embargo, insisto, el suceso debería ser estudiado con mucho mas detalle y precisión antes de ser clasificado como «milagro».

En esos momentos yo no podía sospechar lo cerca que me encontraba de otro hecho que sí merece el calificativo de «inexplicable». . .

Es la cara de tal belleza y de ejecución tan singular, que resulta inexplicable para el estado actual de la ciencia.

Conclusión: «inexplicable»

Hasta aquí, paso a paso, las minuciosas descripciones de Smith y Callagan sobre cada una de las partes que forman la imagen de la Virgen de Guadalupe.

Y vamos con el final del informe: la «conclusión recapitulativa» y la «discusión», tal y como bautizan los investigadores los dos últimos capítulos de este estudio de treinta y cinco folios. Intencionadamente paso por alto el apartado sobre el «método de ejecución del retrato» y que, dada su complejidad técnica, prefiero trasladar al lector en un lenguaje más sencillo y comprensible en un segundo libro sobre la imagen de Guadalupe, actualmente en gestación.

 

Opinión final de los científicos en torno al tema:

CONCLUSIÓN RECAPITULATIVA

El examen concienzudo de las fotografías tomadas al infrarrojo conduce a establecer las siguientes conclusiones:

1.a La figura original que comprende la túnica rosa, el manto azul, las manos y el rostro, es INEXPLICABLE.
Partiendo del examen llevado a cabo con los citados rayos infrarrojos, no hay manera de explicar ni el tipo de los pigmentos cromáticos utilizados, ni la permanencia de la luminosidad y brillantez de los colores tras cuatro siglos y medio. Más aún, si se tiene en cuenta el hecho de que no hay trazos ni preparación subyacentes, ni barniz aplicado sobre la pintura, y que la trama misma de la tela es aprovechada para dar profundidad al retrato, no hay explicación posible de la imagen ante los procedimientos de la fotografía infrarroja. Muy de notar es que después de más de cuatrocientos cincuenta años no existe decoloración ni agrietamiento de la figura original en ninguna parte del ayate de maguey, que, por carecer de empaste, debería haberse deteriorado hace ya cientos de años.

2.a Tras haberse formado la imagen original, en un determinado momento manos humanas añadieron el moño y la luna, quizá por razones simbólicas, dado que la luna era un elemento importante en la mitología morisca y azteca.

3.a Algún tiempo después de pintados el moño y la luna, fueron añadidas las decoraciones doradas y la línea negra, el ángel, el «pliegue azteca de tilma» del manto, el resplandor, las estrellas y el fondo, tal vez durante el siglo XVII. Estas sobreposiciones son obra de manos humanas y dan a la imagen im toque hispano-gótico. Con toda probabilidad, por ese mismo tiempo la tilma fue montada sobre un bastidor sólido y añadidos al fondo el colorido anaranjado del resplandor y el blanco pintado al fresco. Por primera vez vino a encontrarse todo el ayate cubierto con pintura. Resulta absurdo que el indio Juan Diego llegase hasta el palacio del obispo envuelto en una tilma  tiesa» por el fresco aplicado a la tela. En consecuencia, la imagen original debe de haber sido la sencilla figura de la Virgen sobre el ayate. Es decir, lo que es exclusivamente el cuerpo: rostro, manos, túnica, manto y pie.

4.a Es bien sabido que durante la gran inundación del año 1629, el sagrado retrato fue llevado en canoa, desde la ermita junto al cerro del Tepeyac hasta la catedral de la ciudad de México, y que el arzobispo don Francisco de Manso y Zúñiga hizo la promesa de no devolver la imagen a la ermita hasta que pudiera llevarla «a pie enjuto». En mi opinión, durante ese tiempo —entre 1629 y 1634—, cuando la imagen fue trasladada de nuevo a la ermita del cerro, la tilma fue doblada en dos ocasiones en tres partes, causando las huellas de dobleces que cruzan el tercio superior y el inferior del cuerpo.
Con toda probabilidad, la sagrada imagen sufrió entonces algún daño causado por el agua, sobre todo en la parte inferior y en los bordes, y fueron añadidos el ángel y otras decoraciones para cubrir los deterioros. Algo análogo se hizo con ius parches cosidos a la sábana santa de Turín, para subsanar los estragos causados por el fuego a la reliquia.
Todos estos «añadidos» humanos deben de haber sido hechos después de 1634, cuando la imagen se encontraba ya en iu ermita del Tepeyac, o bien delante su estancia de cinco años en la ciudad de México, puesto que las huellas de los dobleces no se extienden al fondo o rayos de sol que rodea el cuerpo de la Virgen.

5.a Probablemente, los pigmentos empleados en pintar los añadidos o retoques pueden ser identificados con facilidad. Sin embargo, no será posible llegar a una identificación definitiva de los citados pigmentos originales hasta que no se obtengan muestras de los colores que permitan efectuar un análisis químico moderno. Y aún así puede que sea imposible identificarlos.

En resumen, la sagrada imagen original es INEXPLICABLE el moño y la luna fueron probablemente añadidos en el siglo XVI por un indio y por otras manos, también humanas, las decoraciones góticas y el resplandor del fondo, con el fin de tapar los desperfectos producidos por el agua y para preservar los bordes del lienzo.
 

DISCUSIÓN

Pueden pensar mis lectores —escribe Callagan
que decorar una sagrada imagen, como ciertamente se hizo, es una forma poco reverente de tratar un don de Dios. Pero, evidentemente, no hay tal, sobre todo si la imagen sufrió serios daños causados por el agua durante la inundación de 1629. La sábana santa de Turín, que se guarda oculta a los ojos de los fieles, fue tratada de manera similar.(21) No existe ciertamente la garantía de que un hecho milagroso haya de durar para siempre. Hechos documentados con certeza, como las apariciones de Lourdes, han durado unos cuantos días. Desde este punto de vista, la Virgen de Guadalupe constituye sin duda un caso único. Y es también único el que haya permanecido como símbolo unificador de un grande y reverente pueblo durante cuatro siglos y medio. 
21. Smith y Callagan se refieren al incendio que sufrió
la capilla de Chambéry, donde se hallaba entonces la urna
con la sábana santa, el 3 de diciembre de 1532 y que estuvo
a punto de reducirla a cenizas. Las aristas de plata que
ceñían su urna de cristal irradiaron un calor tal que chamuscó
los pliegues en que estaba doblado el lienzo.
Los retoques hechos a la imagen de la Virgen, aun cuando de ninguna manera puedan compararse con el original en elegancia técnica, añaden sin embargo un elemento humano que es, a la vez, encantador y edificante. Ninguno de los añadidos o retoques, ya se trate de la luna, del «pliegue azteca», de la fimbria negra y de la dorada, del ángel o de lo que sea, tomados individualmente, confiere un mayor valor al retrato. Pero, tomados en conjunto, su efecto es fascinante. Como por arte de magia, las decoraciones acentúan la belleza de la original y elegantemente retratada Virgen María. Es como si Dios y el hombre hubieran trabajado juntos para crear una obra maestra.

Las resquebrajaduras del borde de la luna negra demuestran sin género alguno de duda que ésta se encontraba pintada antes que el fondo y también antes que el ángel y que el «pliegue azteca de tilma», que se sobrepusieron a ella. Podemos suponer con razonable justificación que esos toques simbólicos aztecas fueron añadidos con alguna anterioridad a la inundación de 1629, y tal vez por un indio artista en la ermita misma. Definitivamente, pues, moño y luna fueron añadidos, pero es un misterio cuándo y por qué. 

La ermita del cerro del Tepeyac no era un templo moderno con aire acondicionado, sino, con toda certidumbre, un espacio abierto y con ventanas, húmedo (la ciudad de México estaba entonces en mitad de una serie de lagos) y en el que estaba el humo de las numerosas velas.22

Hemos estudiado con gran detalle la emisión de las vela e incluso realizamos el primero y único espectro infrarrojo - alta resolución del petróleo y de las velas de cera. El hollín de las velas votivas es la menos dañina de las sustancias que desprenden de la combustión. Al arder, la cera emite un devastador ejército de destructivos hidrocarburos y de ionizaciones que tras un largo período de tiempo deberían haber destruido la imagen original.

He medido más de 600 microwatts de «luz ultravioleta» próxima, emitida por una sola vela de las que se usan en las iglesias católicas. Si multiplicamos este dato por centenares de velas votivas, colocadas en el altar de una pequeña capilla cerca de la pintura, carente de la protección de un vidrio que filtre esta radiación ultravioleta, es imposible comprender cómo la imagen ha podido siquiera sobrevivir. El exceso de rayos ultravioletas deja sin color, y rápidamente, la mayoría de los pigmentos, tanto orgánicos como inorgánicos, en especial los azules.
A pesar de esto, el retrato original se conserva tan fresco y lozano como en el día en que fue formado. Por encima de cualquier duda, las fotografías infrarrojas prueban que el azul del manto y el rosa de la túnica son originales y que nunca fueron retocados ni sobrepintados. Es más: han permanecido indemnes al tiempo, a pesar de los cuatro siglos y medio transcurridos.


22. La primera ermita o «ermitilla» de Guadalupe fue construida los propios indios, a instancia del obispo de México, fray Juan de Zurraga. Era pequeña y angosta —fabricada con adobe- y albergó la imagen hasta 1557. Una segunda y humilde ermita, ampliada por fray Alonso de Montúfar, acogió la tilma hasta 1622, en que se construyó el primer templo propiamente dicho.

23. La suavidad sedosa que presenta la tilma por su parte frontal (la que se ve directamente) fue atribuida por los protomédicos que analizaron en el siglo XVII a un «efecto milagroso». El pintor Cabra también confirmó este hecho: mientras el haz o zona derecha del ayate se presenta suave al tacto, el revés del tejido conserva su natural aspereza «como si fuera de bramante o cotense de mediana clase», según expresión textual del referido pintor del siglo XVIII.
Sin embargo, este supuesto «efecto milagroso» se debe en realidad un fenómeno natural, íntimamente ligado a los rayos ultravioletas, y como ha demostrado el químico norteamericano, doctor M. McMaster. Según este científico, el ayate ha estado expuesto a la luz diurna durante cuatrocientos cincuenta años. Ahora bien, a grandes altitudes, como sucede en la altiplanicie mexicana, con sus 2200 metros, los rayos luminosos normales van mezclados con grandes dosis de rayos ultravioleta. Pues bien, fue la acción de estos rayos ultravioletas la que suavizó la superficie de la tilma de Juan Diego, mientras que su reverso ha conservado el carácter áspero.

En realidad no podemos saber con certeza hasta qué punto pudo ensuciarse y ahumarse la tilma durante su primer siglo de existencia. Cualquier persona que haya vivido en las proximidades de una estación de ferrocarril entenderá sin dificultad nuestra extrañeza ante la misteriosa limpieza que presenta el nyulc. Mucho más, después de sufrir, incluso, una inundación. Aquel período de tiempo en que la tilma fue trasladada a México capital (1629-1634) pudo ser una magnífica ocasión para efectuar un trabajo adicional en las zonas de la tilma que rodean a la imagen propiamente dicha.

Llegados a este punto, podemos suponer —prosiguen Smith y Callagan en su informe
que este trabajo de retoque fue llevado a cabo bajo la supervisión del buen franciscano fray Miguel Sánchez. En efecto, si leemos su bello y místico libro titulado Imagen de la Virgen María Madre de Dios, de Guadalupe, milagrosamente aparecida en la ciudad de México, celebrada en su historia, con la profecía del capítulo doce del Apocalipsis, veremos cómo confiesa llanamente haberlo hecho él mismo.

Originariamente puede haber sido añadida también una corona, porque hay restos de pintura sobre la cabeza. Sin embargo, por qué fue borrada con posterioridad es todavía un misterio. 

Es de sumo interés la última parte del citado libro del padre Sánchez. En ella parece justificar la restauración y las añadiduras hechas a la imagen original. Y si se tiene en cuenta el probable mal estado en el que se encontraban las partes de la tilma no cubiertas por la imagen original, parece que hizo una cosa sensata.
 
Síntesis de lo que pudo suceder en los años del siglo XVI, siguiendo siempre un orden cronológico, en relación al oscuro asunto del nombre de la Virgen según las investigaciones del autor Juan José Benítez:

1531 Se registran las apariciones y Juan Bernardino recibe un nombre, en náhuatl. Posiblemente «tequantlaxopeuh».

1548 Muere Juan de Zumárraga. Durante esos años, los españoles terminaron por «corromper» el vocablo original y la Señora del Tepeyac es conocida como la Virgen de Guadalupe.

1545-1550 Antonio Valeriano, el indio sabio, escribe el Nican Mopohua y en el aparece ya el nombre de «Guadalupe». Es posible que desde la muerte del obispo de México se registraran luchas y tensiones para cambiar «oficialmente» el nombre de la ermita y de la misteriosa imagen que se veneraba en la tilma del indio Juan Diego.

1556 Varios franciscanos se oponen abiertamente a que la Virgen sea llamada como «de Guadalupe». Y sostienen que debe ser conocida por el nombre del lugar: Tepeyac o Tepeaquilla.

1560 Por estas fechas, más o menos, debieron de ganar la partida aquellos que pretendían «bautizar» a la imagen con el nombre de «Guadalupe».

1574 El nombre y la historia de la Virgen de Guadalupe de México llega hasta el convento de Guadalupe, en Cáceres, y los jerónimos —celosos de “su” Virgen— envían al padre Diego de Santa María para que investigue.

1574 (finales) En una carta a Felipe II, el jerónimo «enviado especial» a México afirma que doce años antes, alguien llegó hasta la Nueva España con un poder falso y se dedicó a «estafar» a propios y extraños. El «estafador» o «estafadores» aparecieron en la ermita del Tepeyac con un poder que, decían, había sido extendido por el monasterio de Guadalupe, en Extremadura. Ello confirma que en 1560 la Señora del Tepeyac ya era conocida como de «Guadalupe».

1575 En otro escrito del virrey de México al rey de España, aquél ratifica las afirmaciones del jerónimo Diego de Santa María, en el sentido de que el cambio de nombre de la Virgen pudo ser hacia 1560.

 


CRONOLOGIA DE LOS PRINCIPALES HECHOS RELACIONADOS CON LA IMAGEN DE GUADALUPE

1325 Los aztecas se establecen en un islote de la laguna de Texcoco. Allí encontraron «un águila posada sobre un nopal, devorando una serpiente». Y fundan allí la ciudad de México-Tenochtitlán.

1468 (aproximadamente). Nace en un caserío del término de Durango (Vizcaya) Juan de Zumarraga, que llegaría a ser primer obispo de la «Nueva España» (México).


1474 (aproximadamente). Nace en el «calpulli» o barrio de Tlayácac, en el señorío de Cuautitlán (norte de México I J.F.), un humilde campesino o «macehualli» que años más tarde sería conocido por Juan Diego.

1505 Moctezuma II es elegido emperador.

1509 La princesa Papantzin, hermana de Moctezuma, tiene una «visión»: un ángel con una cruz en la frente le anuncia el próximo desembarco de «hombres barbudos y armados».

1519 El 12 de marzo desembarca en lo que hoy es Veracruz el conquistador Hernán Cortés. Hace amistad con los jefes de Cempoala y corre la noticia de que los hombres blancos van a librar a los pueblos del vasallaje a Moctezuma. Cincuenta soldados destruyen ídolos.
        El 8 de noviembre, Cortés llega a Tenochtitlán. Moctezuma, atormentado por las profecías y «signos» que acompañaron a. la conquista, cree que los «hombres barbudos» pueden ser los «enviados de los dioses» y recibe a Cortés en paz.

1520 El 20 de junio estalla la rebelión contra Moctezuma II. .El nuevo emperador —Cuitláhuac— arroja a los españoles de Tenochtitlán. Los españoles asesinan a Moctezuma.

1521 Hernán Cortés pone sitio a la capital azteca. A los noventa y tres días capturan al último emperador mexica, Cuauhtémoc.
         Cortés envía a su capitán Gonzalo de Sandoval al cerro del Tepeyac, donde sienta sus reales.

1525 La princesa Papantzin es bautizada en Tlatelolco y se le impone el nombre cristiano de María. Desde entonces se la conocía como «Doña María».
         El indio llamado Cuauhtlatóhuac —«el que habla como águila»— es bautizado en Tlatelolco por Motolinía y recibe el nombre cristiano de Juan Diego. Con él se bautizan también su esposa y un tío suyo. Ambos serán llamados desde ese momento María Lucía y Juan Bernardino. Juan Diego debía contar unos 51 años de edad.

1527 El 12 de diciembre, Carlos V presenta o propone a Roma el nombre de fray Juan de Zumárraga como primer obispo de México.


1528 El 10 de enero, el rey de España expide la cédula que confirma a Juan de Zumárraga como primer obispo de los indios.
        A finales de agosto, fray Juan de Zumárraga embarca en Sevilla rumbo al Nuevo Mundo. Con él viajan los oidores de la Primera Audiencia, que poco después se convertirían en acérrimos enemigos del durangués. El 6 de diciembre, Zumárraga pisa tierra americana por primera vez.
        El 25 de septiembre, el ayuntamiento concede «merced» a Antón de Arriaga para que pueda tener ovejas en un peñol cercano al Tepeyac.

1529 Con grave riesgo para su vida, Zumarraga lleva a cabo un viaje de cuatrocientos kilómetros, a pie, hasta el puerto de Veracruz para entregar secretamente una carta con destino al rey de España. En ella se pedía la dimisión de los miembros de la Primera Audiencia.

1531 Los miembros de la Segunda Audiencia, excepto su presidente, que llegó después, hicieron su solemne entrada en la capital mexicana el 9 de enero. Se alojaron en la casa de Cortés.
        En el mes de octubre llega a México don Sebastián Ramírez y Fuenleal, obispo que fue de La Española y miembro de la «Segunda Audiencia. Parece ser que se aloja en la casa de Juan de Zumarraga y surge la posibilidad de que estuviera presente en los misteriosos acontecimientos del llamado «milagro de las rosas».
       Sábado, 9 de diciembre: en la madrugada, Juan Diego camina solo desde el pueblo donde reside, Tulpetlac, hacia Tlatelolco. Cuando se encontraba a una legua, en el Tlugar conocido por cerro del Tepeyac, se produce la primera aparición de la Señora.
        Esa tarde se registra la segunda aparición, cuando Juan Diego regresa hacia su casa.

10 de diciembre: tercera aparición. Juan Diego regresa a ver al obispo, Juan de Zumárraga. Este le pide una señal. Al pasar nuevamente por el Tepeyac, la «Niña» se le aparece y le dice que vuelva al día siguiente para entregarle la señal que pide el obispo. Al llegar a Tulpetlac, el «macehualli» encuentra a su tío Juan Bernardino gravemente enfermo.
        El lunes, 11 de diciembre, Juan Diego no asiste a la misa en Tlatelolco. Su tío empeora y no se mueve de su pueblo.
        El martes, 12 de diciembre, Juan Diego marcha a Tlatelolco para avisar a un médico y a un sacerdote, ya que su tío parece a punto de morir. Juan Diego da un rodeo al cerro para no encontrarse con la «Señora del Cielo», pero ésta se le aparece y le pide que corte algunas flores que hallará en la cima del cerro: y que deberá llevar al obispo de México.
        Ese martes, y a la misma hora —hacia las seis de la madrugada-— la Señora se aparece a Juan Bernardino, le cura y le dice su nombre (pcsiblemente, «TEQUATLAXOPEUH»).
      Hacia el mediodía, Juan Diego es recibido por fray Juan de Zumarraga y, al dejar caer las flores, aparece misteriosamente en la tilma la imagen de la Virgen. Era el 12 de diciembre.
      Del 12 al 26 de ese mes de diciembre, la tilma con la misteriosa impresión de la imagen de la Señora permanece en el adoratorio del obispo, mientras se construye una humilde ermita de paja y adobe en el lugar donde pidió la propia Señora: el cerro del Tepeyac.
       El 26 de diciembre se lleva a efecto el traslado de la tilma hasta su primera ermita. En el trayecto, un danzante indígena es atravesado accidentalmente por una flecha y, tras colocar el cuerpo a los pies de la tilma, el indio se levanta y vive. Se considera el primer «milagro» de la Señora del Tepeyac.

1544  Juan Bernardino muere a los 84 años de edad en Tulpetlac (era el 15 de mayo).

1548 Mueren Juan Diego y fray Juan de Zumárraga. El primero debía contar unos 74 años y el segundo, aproximadamente 80.

1550 (No hay seguridad en esta fecha. La mayoría de los estudiosos opinan que pudo ser entre 1545-1550.) El indio Antonio Valeriano firma un escrito en náhuatl
el Nican Mopohua— en el que se relatan las apariciones. Se considera el texto más antiguo. El original no ha sido hallado.

1556 Algunos franciscanos se oponen abiertamente a que la Virgen sea llamada como «de Guadalupe». Sostienen que debe ser conocida por el nombre del lugar donde se apareció: Tepeyac o Tepeaquilla.
         El segundo obispo de México, Alonso de Montúfar manda construir la tercera ermita (la segunda fue en realidad una ampliación de la primera). La imagen recibió culto en ella durante 66 años.

1560 Se acepta definitivamente el nombre de la Virgen de «Guadalupe».


1563 En las actas del Ayuntamiento se habla, por primera vez, de Guadalupe, no volviéndose a mencionar el nombre de Tepeaquilla.

1570 El arzobispo Montúfar envía un inventario del arzobispado al rey de España, Felipe II. En él se menciona la ermita de Guadalupe, en el Tepeyac. El pueblo de Guadalupe tenía en aquellas fechas ciento cincuenta pobladores indios casados, cien indios solteros —de doce años en adelante— y seis estancias para ganado menor. Con el inventario fue enviada también una copia de la imagen original. Esta copia, al parecer, fue colocada en uno de los barcos en la batalla de Lepanto.

1571 Andrea Doria lleva una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe a la batalla de Lepanto.

1574 Los frailes del monasterio de Guadalupe, en Extremadura (España) envían a un monje para que investigue sobre los sucesos de 1531 en México.
         A finales de este año, el «enviado especial» de Guadalupe (España), fray Diego de Santa María, envía una carta a Felipe II, comunicándole que algunos estafadores han tratado de sacar partido del culto que se rinde a la Virgen del Tepeyac.

1575 En un escrito « de réplica», el virrey de México explica a Felipe II que el cambio de nombre de la Virgen pudo ser hacia 1560.

1622 En noviembre, el arzobispo Juan Pérez de la Serna inauguró el primer templo. La Virgen recibió culto en este santuario durante 72 años.

1629 El 21 de septiembre, la ciudad de México sufre una de sus peores inundaciones. Mueren más de 30 000 personas; huyen 27000 aztecas y 20000 españoles. La imagen de la Virgen es llevada en canoa hasta la catedral. Es posible que en este traslado se estropeara 1a parte inferior de la tilma, que pudo ser retocada.

1633 a 1666. Se reúnen las informaciones oficiales sobre las apariciones, con el fin de pedir al Vaticano una misa propia, a celebrar todos los 12 de diciembre.

1634 El 14 de mayo, en una solemne procesión, la Virgen vuelve al Tepeyac. Es llevada a pie, en acción de gracias por el final de las inundaciones...

1647-1649 El bachiller Luis Lasso de la Vega, vicario de Guadalupe, construye el segundo templo provisional (parroquia o iglesia de Los Indios). Allí se veneró la imagen durante catorce años (1695-1709). Luis Lasso publica el Huei Tlama huizotlica; es decir, la historia de las apariciones, copiada del Nican Mopohua de Antonio Valenano.

1666 Se edifica la capilla llamada del «Cerrito», donde se produjo la primera aparición y Juan Diego cortó las flores. El 25 de marzo, el arzobispo Aguilar y Seija coloca la primera piedra de lo que será el tercer santuario.

1695 El 25 de Marzo, el arzobispo Aguilar y Seija coloca la primera piedra de lo que sería el tercer santuario.

1709 El 27 de abril, Juan Ortega y Montanes inaugura este tercer santuario, la colegiata y la basílica.

1737 El 27 de abril, Nuestra Señora de Guadalupe es proclamada «Patrona de la Capital de la Nueva España».

1751 En acción de gracias, unos marineros llevan el mástil de su barco hasta el cerro de Tepeyac. Es el origen del monumento de la Vela de los Marinos, erigido en 1942.

1754 El 25 de mayo, el papa Benedicto XIV promulga una bula aprobando a la Virgen de Guadalupe como patrona de México.

1756 El pintor Miguel Cabrera y otros pintores terminan un largo estudio de 1a tilma del indio Juan Diego y afirman «que es humanamente imposible pintar sobre un ayate, sin un aparejo o preparación previa de la tela». Para esas fechas, por supuesto, la imagen ya había sido ampliamente retocada.

1777 Se inicia la construcción de la capilla del «Pocito», que se concluye en 1791.

1791 Mientras un orfebre limpiaba el marco de oro y plata del marco exterior de la tilma, un frasco con ácido nítrico se derramó sobre la parte superior derecha del ayate. Sólo quedó una mancha. Para muchos, este fue un hecho milagroso.

1802 Se levanta en Cuautitlán, y en el lugar donde se supone nació Juan Diego, una capilla que se remata en 1810.

1810 El 15 de septiembre, el cura Miguel Hidalgo y Costilla toma un estandarte con una imagen de la Virgen de Guadalupe y lo adopta como bandera de la independencia de México.

1825 El primer presidente de México, Guadalupe Victoria, compra a los Estados Unidos una corbeta y le pone el nombre de Tepeyac.

1828 El Congreso de México declara fiesta nacional el día 12 de diciembre.

1861 Se nacionalizan los bienes eclesiásticos, a excepción del santuario de Guadalupe.

1895 El 12 de octubre se produce la primera coronación pontificia de la «Dulcísima Aparecida de América», autorizada por el papa León XIII. (FHasta 1975 han tenido lugar 160 coronaciones solemnes en diferentes lugares: 19 pontificias.)

1900 El Concilio Plenario Latino Americano obtiene del Papa la fiesta de Guadalupe para toda la América Hispana.

1910 El 24 de agosto, Pío X declara a la Virgen de Guadalupe «Celestial Patrona de América Latina».

1921 El 14 de noviembre se registra un atentado contra la imagen. Estalla una bomba en el altar mayor de la antigua basílica. La imagen no sufre daño alguno.

1926-1929. La verdadera tilma es sustituida por una copia y el original, guardado en secreto. Se sospecha que durante ese tiempo, el rostro de la Virgen pudo ser retocado por orden de la Iglesia.

1929 El fotógrafo de la basílica, Alfonso Marcué, descubre una figura humana en el ojo derecho de la imagen. El abad de la basílica le pide que guarde silencio sobre el hallazgo.

1931 Cuarto Centenario de las apariciones. El 22 de diciembre, por decreto, se cambia el nombre de Guadalupe por el de Colonia Gustavo A. Madero.

1932 El gobierno anticatólico trata de suprimir las peregrinaciones.

1933 El 10 de diciembre tiene lugar la solemne coronación pontificia en Roma, a cargo del papa Pío XI.

1936 El premio Nobel de Química, Kuhn, hace un análisis de varias fibras extraídas directamente de la tilma original y asegura que no hay restos de pigmentos animales, minerales o vegetales.

1951 El 29 de mayo, el dibujante Carlos Salinas «redescubre» la figura de un «hombre con barba» en los ojos de la Virgen. A partir de este momento, más de veinte médicos y especialistas en oftalmología examinan los ojos de la imagen.

El 31 de diciembre, el gran Mario Moreno, «Cantinflas», consigue recaudar más de dos millones de pesos para las obras de la Plaza Monumental.

1956 El 26 de mayo, el doctor Javier Torroella, oculista y cirujano, firma el primer certificado médico, en el que se asegura que en los ojos de la Virgen se observa una figura humana, que corresponde a la ley óptica llamada «triple imagen de Purkinje-Samson». A este certificado le siguen otros muchos. Todos los médicos se muestran unánimes: en los ojos se ve un busto humano. Ningún especialista confirma por escrito que aquella figura sea precisamente la del indio Juan Diego.

1962 Mientras observa una foto de los ojos de la Virgen de Guadalupe, ampliada veinticinco veces, el doctor Charles Wahlig encuentra dos de los reflejos que ya habían sido detectados por los oculistas mexicanos y que corresponden a la triple imagen de Purkinje-Samson. Wahlig lleva a cabo una serie de experiencias que confirman la realidad científica de esta imágenes.

1963 El Gobierno erige una estatua a Juan Diego, en Cuautitlán.

1976 El 12 de octubre se inaugura oficialmente la nueva y actual basílica de Guadalupe.





1979 En enero, el papa Juan Pablo II visita Guadalupe, en México y regala a la Virgen una diadema de oro.


         En el mes de febrero, el ingeniero en computadoras y profesor de la Universidad de Cornell (Nueva York), José Aste Tonsmann, inicia un proceso de «digitalización» de la imagen de la Virgen de Guadalupe, descubriendo —gracias a gigantescas ampliaciones— una serie de misteriosas figuras humanas en el interior de los ojos. Estas imágenes podrían ser los personajes que asistieron al «milagro de las rosas» en el año 1531. Entre las figuras se destacan un «indio sentado y casi desnudo», la cabeza de un «anciano», otro indio con un sombrero que parece extender su tilma ante los presentes, una negra, un hombre joven junto al anciano, el ya conocido «hombre con barba» que había sido descubierto en 1929 y otras figuras que pudieran corresponder a una « familia indígena».
        El 7 de mayo, los científicos norteamericanos Jody Brant Smith y Philip S. Callagan toman fotografías, con películas infrarrojas (color) de la imagen total de la Virgen, sin el cristal protector. Entre sus conclusiones, los científicos aseguran «que la cara, manos, manto y túnica de la Virgen no tienen explicación posible». El resto se confirma como retoques y añadidos a la imagen original.

 
1982 En el mes de junio, los más prestigiosos antropólogos del mundo en la raza vasca confirman en el País Vasco que la cabeza del «anciano» descubierta con las computadoras del Centro Científico de IBM en México «reúne algunos de los rasgos típicos del hombre vasco». Esto podría confirmar que tal figura pudiera ser la del obispo Juan de Zumarraga.

sábado, 23 de diciembre de 2017

El demonio. Actividad. J. A. Sayés



EL DEMONIO ¿REALIDAD O MITO?

José Antonio Sayés


CAPÍTULO 6



La actividad demoníaca

La primera y más importante actividad del demonio en la vida de los hombres es, sin duda alguna, la tentación; algo que podríamos calificar de actividad ordinaria frente a la actividad extraordinaria que implica la posesión o la infestación.

1. La tentación

Con todo, la tentación tiene en nosotros mismos una fuente propia e indudable. Existe en nuestra propia naturaleza la pasión, la ambición, la vanagloria..., todo un conjunto de deseos que nacen del desequilibrio interior (concupiscencia) que ha dejado en nosotros el pecado original. Dejemos que lo diga san Pablo de forma gráfica: «Sabemos, en efecto, que la ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la ley que es buena: en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí. Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.
Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.
¡Pobre de mí! , ¿quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!.
 Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirve a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado» (Rm 7, 14-25).
Está claro, según este texto, que la tentación tiene en el hombre mismo, en nuestra condición pecadora, una fuente propia. En otros casos, la tentación puede provenir del propio temperamento, del ambiente, de situaciones peculiares, etc. No es, pues, preciso recurrir siempre al demonio para explicar el origen de las tentaciones que padecemos, ni mucho menos.
Y la tentación la sentimos sin duda alguna porque, aunque en sí misma nos proponga un mal, lo propone en su aspecto positivo y bueno. No existe el mal absoluto, sino que es la deficiencia de un bien debido. Un adulterio es un mal porque se trata de una injusticia contra el propio cónyuge, pero tiene también su aspecto atractivo: el placer que procura. Ahí radica la atracción de la tentación. Un mal absoluto (impensable) no atraería nunca a ningún hombre; es el bien que se da junto al mal, lo que hace apetecible la tentación. El hombre sabe muy bien que aprovecharse de un cargo público para enriquecerse ilícitamente es un mal, pero sin duda es un mal que va acompañado de un aspecto atractivo: el enriquecimiento fácil y rápido.
Es indudable, por otro lado, que el demonio puede servirse de nuestra situación, de la misma inclinación al pecado que llevamos dentro, y potenciarla mediante la seducción y el engaño.
En ello radica precisamente su carácter de tentador.
Resulta enormemente difícil el discernir la tentación específica del diablo, el saber si la tentación viene de nuestra propia pasión o está en nosotros mediante la instigación del diablo. No es tema fácil discernir qué tipo de tentaciones son las que provienen del diablo. Ya decía san Juan de la Cruz que de los tres enemigos del hombre (el demonio, el mundo y la carne) es el demonio el más oscuro de entender l.
l. Castelas 2
Sabemos, sin embargo, que el demonio nos tienta de forma continua. Decía santo Tomás que «el oficio propio del diablo es tentar» 2. Nos recuerda la primera carta de san Pedro: «Sed sobrios y velad, vuestro adversario, el diablo, anda como león rugiente, buscando a quién devorar» (l P 5, 8).
Cabe, con todo, hablar de indicios que nos revelen la presencia del diablo que tienta. Decía Pablo VI: «Podemos suponer su acción siniestra allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda; allí donde el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel; allí donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (l Co 16, 22; 12, 3); allí donde el espíritu del evangelio se adultera y se desmiente; allí donde se afirma la desesperación como última palabra».

Y«Allí donde la negación de Dios se hace radical, sutil y absurda». En efecto, el diablo tiene como función principal separar de Dios; de ahí viene precisamente su etimología. Cuando uno peca por debilidad, por la fuerza de la pasión, pero sigue manteniendo una firme fe en Dios, la pasión lo explicaría todo. Sin embargo, en la tentación del Génesis, el diablo va más allá: le propone a Adán ser como Dios, o como dioses. Es algo que va dirigido a prescindir de Dios en la vida.
Hoy en día, la mayor parte de los autores interpreta el árbol  de la ciencia del bien y del mal como una referencia a la pretensión de los primeros padres de poseer un discernimiento y determinación del bien y del mal totalmente independiente de Dios. El pecado, observa Grelot 3, consistió en pretender una total autonomía en la determinación del bien y del mal al margen de Dios. El tema va en línea del género sapiencial en el que se inscribe el relato. Discernir entre el bien y el mal (en lo que consiste la verdadera sabiduría) es algo que compete a Dios y que, sólo como don, se puede recibir (l R 3, 9; Dt 30, 15.19; Am 5, 14- 15). Por ello, lo que intentan Adán y Eva es la determinación autónoma del bien y del mal, la usurpación de un privilegio exclusivo de Dios 4.
2. I, q.ll4, a.2 
3. P. GRELOT, El problema del pecado original (Barcelona 1970) 60ss. 
Es, por lo tanto, un problema siempre actual, observa Grelot. El hombre, aunque crea en Dios, pretende que quede alejado en la nube de su trascendencia, para poder determinar por sí mismo lo que está bien y lo que está mal. Comprendemos así el «seréis como dioses».
 Allí, pues, donde la tentación tenga la pretensión de hacernos como dioses, podemos percibir sin duda un indicio de la presencia del demonio. Y nadie puede negar que el hombre moderno tiene la pretensión de dejar a Dios en el Olimpo, allí donde no estorbe; la tentación de creer en el dios del deísmo que deja al hombre total autonomía para decidir por sí mismo el bien y el mal al margen de el. Hay algo más sutil y malévolo que negar a Dios: hacerlo inútil. No se le niega la existencia, pero se le perdona la vida. El hombre se bastaría a sí mismo para realizarse, para decidir el bien y el mal al margen de Dios desde su propia subjetividad.
Nadie puede negar, por otro lado, que hay ciertas formas de pecado que recuerdan lo demoníaco. Cuenta Balducci que, cuando en una ocasión quería convencer a una persona de la existencia del diablo, esta le contestó: «No, no, en el demonio creo, porque existen formas de maldad humana tan refinadas y perversas que, si no existiese el diablo, no podría explicármelas» 5. Recuerdo que, en mis años de estudiante en Roma, supe que una muchacha, integrante de un grupo de colegiales que visitaba la ciudad, se quedó sola y separada del grupo; circunstanc1a que aprovecharon doce muchachos para violarla sucesivamente. Fue algo que apareció en los periódicos. ¿No hay en ello algo de demoníaco? ¿No estamos aquí ante un caso en el que el amor es eliminado por un egoísmo frío y cruel, por usar las mismas palabras de Pablo VI? ¿Y que decir de los campos de exterminio de Hitler o dela siembra de odio que grupos emparentados con el terrorismo hacen en la juventud de nuestros países democráticos? El odio puede tener a veces tanta o más fuerza que el amor.

* «Allí donde la mentira se afirma hipócrita y poderosa contra la verdad evidente». Cristo llamó a Satanás «padre de la mentira» (Jn 8, 44). Indudablemente, uno puede mentir por debilidad, interés o comodidad. Esto es evidente, y no habría que recurrir al diablo para explicar la mayoría de las mentiras que se dan entre nosotros. Ahora bien, una mentira sistemática como la que tiene lugar en los regímenes totalitarios que, como el de Hitler o el del comunismo, llegan a la despersonalización total de los hombres; allí donde la persona es anulada mediante el temor, el miedo o la propaganda difamatoria, allí ciertamente hay algo de demoníaco. Particularmente, cuando se emplean los medios de comunicación para desprestigiar sistemáticamente a la Iglesia o al Papa, cuando se manipula la verdad de forma reiterativa en favor de un grupo de poder, cuando se destruyen personas y vidas de modo consciente mediante la difamación o la calumnia, allí hay algo de demoníaco, porque en todos estos casos se trasciende el ámbito de la debilidad humana y se entra en el dominio del odio y de la falsedad que son propios del diablo.
4. Ya no se sostiene hoy en día la interpretación sexual como hiciera COPPENS, 
La connaissance du bien et a’u mal et le péché du paradís (Lovaina 1948). 
El verbo conocer (yadá) que sin duda puede tener una interpretación 
sexual la tiene de hecho cuando lleva un complemento personal 
y no una determinación abstracta (conocer el bien y el mal).
5. C. BALDUCCI, El diablo. Existe y se puede reconocerlo (Bogotá 1994) 167.

Ya no se trata del pecado que se debe a la debilidad o la comodidad; es el ansia misma de destrucción y de la fuerza implacable del odio. El diablo odia la verdad, porque la verdad conduce al que la sigue, a la salvación. Todo el que sigue la verdad, en la medida en que la puede conocer, se salva por la gracia de Dios. Hay una vía para apartar de la salvación: destruir la verdad. Eso es lo demoníaco. Y en este sentido, hay también algo de demoníaco en la desobediencia de ciertos teólogos al magisterio de la Iglesia. Hay quien enseña en contra del magisterio y siente el orgullo de hacerlo, presentando sus propias opiniones como más dignas de crédito que lo que el magisterio enseña y repite. A veces, se dan casos de desobediencia sistemática y, con la pretensión de que el Papa está equivocado, se subleva al pueblo contra la verdad que él predica con la falsa promesa de que otro Papa enseñará lo contrario.
El orgullo en otras materias se entiende mejor; se entiende menos en el campo de la verdad revelada que sólo el magisterio puede interpretar auténticamente. Hay teólogos que se fían de sí mismos más que de lo que la Iglesia ha enseñado a lo largo de toda la tradición. Decía santa Teresa: «Tengo por muy cierto que el demonio no engañará —no lo permitirá Dios— al alma que de ninguna cosa se fía de sí y está fortalecida en la fe»; a esta alma «como tiene ya hecho asiento fuerte en estas verdades, no la moverían cuantas revelaciones pueda imaginar —aunque viese abiertos los cielos- un punto de lo que tiene la Iglesia» 6. El que da crédito a «quien enseña cosas diferentes y no se atiene a las palabras saludables, las de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad» (l Tm 6, 3), no sólo cae en el error —lo cual es grave-—, sino que cae bajo el influjo del padre de la mentira —lo cual es más grave aún—.

«Allí donde Cristo es impugnado de modo consciente y rebelde». Ciertamente, blasfemar de Cristo es algo de tipo demoníaco. Pero hay otra forma de descalificar a Cristo de forma más sutil y velada que la blasfemia. Si hay algo que el demonio odia es la cruz de Cristo, pues en la cruz fue donde Cristo salvó y sigue salvando a la humanidad. El demonio sabe muy bien que Cristo le venció en la cruz. Y por ello, como dice Spaemann, «la cruz plantea, a ángeles y hombres, la elección entre las tinieblas y la vida» 7. El hombre no se salva si no es en la cruz de Cristo.
Cristo mismo fue tentado por el demonio para que abandonara el camino de la cruz. Lo que el demonio le proponía era un camino de gloria, un camino de mesianismo triunfal en lugar del mesianismo de servicio y de cruz. Es san Pedro quien tienta a Cristo y le dice: «Tú no vas a la cruz».
6, Vida 25, 12. 
7. H. SPAEMANN, El maligno (Madrid 1994) 19.

Pues bien, el demonio vendrá a convencernos de que, si queremos medrar en el mundo o en la Iglesia, el camino es quitarse de encima la contradicción y la cruz. No animará a nadie a seguir a solas el camino de la fidelidad a costa de perder la propia imagen o la posibilidad de medrar. El demonio enseña a ser complacientes con todos, a quedar siempre bien, a decir lo que los otros esperan, a no defender la verdad contra corriente, a no quedarse a solas por fidelidad, como hizo María. El precio que hay que pagar para medrar o, simplemente, para no tener enemigos o sufrir persecución o marginación, lo pagan muchos hoy en día.

Lo que hace el demonio es proponer el éxito, el éxito que se consigue a costa de no decir la verdad, de no predicar la verdad, cuando puede resultar odiosa. Lo de vender el alma al diablo es mucho más sencillo y menos dramático de lo que se puede imaginar. Basta con seguir la corriente y no llevar el peso de la fidelidad ala verdad, el peso de la cruz. Hay situaciones en la Iglesia en las que, por el silencio de unos y la cobardía de otros, se hace prácticamente imposible reconocer la verdad. Recuerdo que, en una ciudad española, a un sacerdote que tuvo la valentía de predicar la existencia del infierno, se le criticó desde las parroquias y las asociaciones de fieles. Los que tenían que defenderle, callaron. Es así como se produce la metástasis en la Iglesia.
La cobardía y el miedo a perder la propia imagen puede ser el mejor aliado del diablo. Después, nos encontramos en situaciones de pérdida de fe y de abandono de la práctica religiosa y no nos explicamos cómo ha sucedido todo ello. Y es que, sino se sirve a la verdad, el demonio lo tiene muy fácil. Si no se decanta la verdad, si todo vale, es que nada es verdad. Del relativismo al agnosticismo hay sólo un paso: si todo vale, es que nada es verdad. Por ello hoy en día hacen falta santos y mártires más que nunca; mártires que lleven el peso de la persecución y de la maledicencia para seguir el camino que Cristo, en obediencia al Padre, siguió hasta la cruz.

* «Allí donde se afirma la desesperación como la última palabra». Ciertamente el demonio es destrucción, y a la destrucción de uno mismo se llega por el camino de la desesperación. Decía Spaemann: «Se puede decir que la esencia de Satanás es el odio mortal, así como la esencia de Dios es el amor que despierta y da la vida. Mientras el odio de Satanás tenga algún ser viviente del que se pueda apoderar para atormentarlo hasta la muerte, su existencia satánica tendrá un cierto significado, una cierta saciedad.
En la caída, su señorío —concedido por Dios para hacer valer el poder del amor de Cristo- degeneró en instinto de dominio, y éste está unido ahora a la insaciable voluntad de desfiguración, destrucción y aniquilación de todo vestigio de vida. La naturaleza de los demonios está marcada por un incesante intento de atrapar objetos sobre los que quieren desahogar su avidez de poder y de aniquilación» 8.
Cuando una persona llega a la desesperación, no hay sitio alguno para Dios. Y a ello conduce el diablo produciendo inquietud, desasosiego, oscuridad, tristeza... Es lo suyo. Suele tener como estrategia meter en el hombre convicciones absurdas («me voy a condenar», por ejemplo), ideas falsas y persistentes que no prov1enen n1 tienen su origen en el propio temperamento, educación o ideas personales 9.
Santa Teresa, comentando una tentación que tuvo contra la humildad, nos señala los elementos típicos de la tentación diabólica. Esta era «una humildad falsa que el demonio inventaba para desasosegarme y probar si puede traer el alma a desesperación. Se ve claro [que es cosa diabólica] en la inquietud y desasosiego con que comienza y el alboroto que da en el alma todo el tiempo que dura, y la oscuridad y aflicción que en ella pone,  la sequedad y mala disposición para la oración o para cualquier cosa buena. Parece que ahoga el alma y ata el cuerpo para que de nada aproveche» 10.
8. Ibíd., 34. 
9. Cfr. J. RIVERA-J. M. IRABURU, 0.6., 299. 
10. Vida 30, 9.
De todos modos, hablando de la tentación, es preciso recordar que el demonio puede influir en nuestros sentidos, en la fantasía y en la imaginación, en el entendimiento incluso, pero no puede suplantar la libertad humana ni eliminarla. El hombre sigue siendo libre bajo la tentación del demonio. La libertad es el último sustrato del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y el diablo no la puede dominar. «El demonio —enseña san Juan de la Cruz- no puede nada en el alma si no es mediante las operaciones de las potencias de ella, principalmente por medio de las noticias [que ocupan la memoria], porque de ellas dependen casi todas las demás operaciones de las demás potencias; de donde, si la memoria se aniquila de ellas, el demonio no puede nada, porque nada
halla de donde asir, y sin nada, nada puede» 11. Dios puede obrar en la sustancia del alma inmediatamente o también mediatamente, con ideas, sentimientos, palabras interiores. Pero el demonio sólo mediatamente puede actuar sobre el hombre, induciendo en él sentimientos, imágenes, dudas, convicciones falsas, iluminaciones engañosas. Sin la complicidad de las potencias espirituales del hombre, el alma misma permanece para él inaccesible.
Por otro lado, no podemos olvidar las palabras consoladoras de san Pablo que nos dicen que Dios no permite que nadie sea tentado por encima de su capacidad. En el momento de la tentación, Dios da la gracia de resistir y vencer (l Co 10, 13).

2. El demonio en la sociedad y en la Iglesia

Pero la acción del diablo no se limita a la tentación individual; su influjo se extiende también a la sociedad y a la Iglesia a la que Cristo prometió que las fuerzas del infierno no podrían contra ella (Mt 16, 18).
Reducir la influencia del diablo a la tentación individual sería olvidar el relieve y la importancia que Cristo le da como príncipe de este mundo, como enemigo frontal del Reino.
Ningún creyente puede negar que el ataque del demonio mas que contra el mundo (en el sentido peyorativo que tiene en san Juan: Jn l, 10; 8, 23; 12, 31; 14, 17), va dirigido contra la Iglesia de Cristo. Recordemos el texto de Ap 12, 1-12. La Iglesia es el germen y el principio del Reino, y Satanás lucha contra el Reino de Cristo.
ll. Subida 4,1.

Cuando en la vida pastoral me preguntan, jóvenes sobre todo, si las posesiones diabólicas son muy frecuentes, suelo responder que, de ser yo el demonio, no haría muchas, pues toda posesión diabólica, en un mundo descreído como el nuestro, induciría a creer. Si yo fuera el demonio, haría dos cosas: convencer al clero de que la oración no es tan importante como se decía en otro tiempo e introducir el relativismo en la Iglesia y el mundo.
En efecto, Pablo VI en 1972 se refirió explícitamente a la acción de Satanás en la Iglesia: «El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia», dijo aquel hombre tímido, pero lleno de fe.
No es fácil, sin embargo, detectar con certeza la acción del diablo en fenómenos concretos de la vida de la Iglesia. Por ello lo que a continuación exponemos lo hacemos no desde la afirmación categórica, sino desde la sugerencia y la sospecha. De todos modos, conocemos una característica de la acción propia del diablo: es el enemigo del Reino. Por ello todo lo que tiene el sello de anticristo podría en principio provenir de él. Es un principio claro, como decimos, aunque resulta difícil señalar fenómenos concretos como acciones del diablo.
Así pues, siendo la acción del diablo una acción frontal contra Cristo, nos preguntamos si el actual proceso de secularización que la Iglesia vive no se debe en cierto modo a el. Por supuesto que dicha secularización tiene también sus aspectos positivos, como puede ser el mayor reconocimiento de la autonomía de las ciencias, la superación de posturas excesivamente sacralizadoras y la corrección de ciertas formas pseudorreligiosas. Pero en el fondo lo que se postula es una reducción de Cristo a un mero ejemplo de comportamiento humano, a un fundador más de religión, a un líder sociopolítico, para quedarnos en el fondo con la idea del Dios del deísmo que a nada compromete y que le permite al hombre una autonomía total en el plano moral y ético.
Cuando el cardenal Ratzinger analiza la nueva frontera de la teología12 viene a decir que no es la teología de la liberación, sino la teología liberal la que presenta dificultad. Mantiene esta el postulado de que no se puede conocer la verdad objetiva, que todas las religiones son iguales y que por tanto ninguna es la revelada. Se admite la existencia de un Dios creador que en el fondo vuelve a ser el dios del leísmo y se postula la desaparición de los dogmas, los cuales, partiendo de la creencia de que se puede conocer la verdad, no hacen otra cosa sino dividir a los hombres. Así pues, todo se reduce a la creencia en ese Dios único (volvemos a repetir que se trata del dios del leismo) ya una praxis ética que no tiene otros fundamentos que la conciencia individual y las leyes que, por vía de consenso democrático surjan en el parlamento.
12. OssRom (l de noviembre de 1996).

Vivimos hoy en día en un mundo en el que el hombre pretende ocupar el lugar de Dios. Cualquier otra crisis en la historia de la Iglesia se daba en un horizonte teocéntrico. La de hoy es, sin embargo, una crisis de tipo antropocéntrico, Se permite ciertamente una religiosidad, pero que quede reducida al ámbito de lo privado. Dios no configura ya la vida social y cultural, y Cristo en el fondo no podía pretender ser el centro de la vida, sino un simple fundador más de religión en el marco de la historia de las religiones.
De ahí la nota de privacidad que se da a todo lo religioso que se le respetan, porque nos encontramos en una democracia pero se le pedirá que no hable de Dios en publico y que no moleste. Dios queda así fuera del ámbito de la sociedad y de la vida pública. Dios es la palabra que no se puede pronunciar en público. 
 
 Por otro lado, nuestro mundo científico, que admite el principio de verificación como criterio de todo lo científico, relega el ámbito de lo no experimentable al campo de la pura opinión que nace en el subjetivismo y en el sentimiento. Con el escepticismo filosófico que reina hoy en día, nadie podría tener la pretens1ón de poseer la verdad revelada. Cada uno confiesa por tanto la religión desde su sentimiento religioso, dando así lugar a un relativismo en el que nadie puede tener la pretensión de poseer la religión revelada.
Se postula de esta forma una ética autónoma, que no tiene su fundamento último en Dios, y a la que se llega prácticamente por la vía del consenso. Es el hombre moderno que se libera de Dios. No niega su existencia, pero se trata de un Dios que le permite determinar el bien y el mal por sí mismo independientemente de él. Se concibe así la conciencia en un sentido autónomo desde el que cada uno determina el bien y el mal. «Cada uno tiene su propia conciencia», se suele decir. Este es el subjetivismo de nuestra época, un subjetivismo que hace de Dios una hipótesis, en todo caso inútil, porque la v1da puede configurarse al margen de él. Digamos de entrada que la secularización es una puerta que conduce al agnosticismo, pues si Dios es inútil en cuanto que se puede prescindir de él, se termina por ignorarlo.
El hombre decide así el bien y el mal al margen de Dios postulando una autonomía total de la moral. Y si la vida es autónoma, se van suprimiendo poco a poco los signos religiosos como una injerencia ofensiva a la profanidad de lo mundano. Pues bien, este proceso secularizador que relega a Cristo nació en la Iglesia a finales de los 60 y continúa aún presente entre nosotros 13. La misma teología de la liberación se resiente de él, toda vez que hace de Cristo un liberador político y social y olvida su carácter redentor, al menos en muchos de sus exponentes.


El proyecto de un cristianismo no religioso parece que nació con el teólogo protestante alemán D. Bonhóffer (1906-1945). Este había sido un teólogo que tenía muchos puntos de contacto con el catolicismo, pero parece ser que en su última etapa escribió una serie de cartas a su amigo E. Bethge recogidas posteriormente con el título Resistencia y sumisión, en las que de forma poco sistemática  fue expresando su concepción de Dios. En ello influyó no poco, al parecer, el sentimiento que tuvo de estar abandonado de Dios, pues se encontraba en la cárcel de Tegel (1943-1944) y tuvo situaciones de depresión. Fue así como dio lugar al programa de un cristianismo no religioso.
La nueva forma de vida que él propone sería la de afrontar las situaciones de la vida sin recurrir a Dios, afrontarlas «como si Dios no existiese». El Dios de la religión sería, en efecto, como una especie de Dios tapa-agujeros, es decir, una especie de recurso ante las lagunas y deficiencias que tiene la vida humana. De esta forma, la religión pierde terreno en la medida en que la ciencia va progresando y solucionando los problemas humanos, hasta el punto de que el hombre moderno no es un hombre religioso y hay que hablarle por ello en términos de mundanidad. Bonhóffer, que postulaba un cristianismo no religioso, lo hace en la medida en que presenta a Jesús como prototipo de hombre no religioso que en la cruz afronta la muerte con el sentimiento de haber sido abandonado por el Padre. Jesús es en todo caso un hombre para los demás y queda reducido a un modelo de hombre como puede haber otros en la historia humana.


2.1. Los postulados de la secularización

Otros autores, a partir de este pensamiento, irían sistematizando la llamada teología de la secularización. Trataríamos de resumirla en los siguientes postulados:

— El hombre moderno no es un hombre religioso. Dotado de la técnica y la ciencia moderna, cada vez más va prescindiendo de Dios para solucionar sus problemas.
-— Dios no interviene en la historia. Su intervención responde a una concepción mítica y mágica de Dios (Bultmann).
—- En consecuencia, se postula la total autonomía de lo mundano, incluso en el plano e’tico, sin que por ello deban interferir signos de lo religioso. Se postula así la profanidad del mundo.
Se lucha contra el concepto de lo sagrado en cuanto lo entienden como separado de lo profano. Por lo que respecta a Dios, hemos de distinguir secularidad de secularización.

13. Cfr. J. A. SAYÉS, Teología y relativismo (BAC, Madrid 2007).

Secularidad es un concepto sano, admitido por el Vaticano II (GS 36), según el cual cabe una autonomía relativa de lo mundano: el mundo tiene sus propias leyes que el cristiano tiene que aprender y respetar, pero son leyes fundadas en Dios, creador de las mismas.
Secularización, por el contrario, es un concepto que va mucho más allá. Es el intento de suprimir toda referencia a Dios en el mundo y en el hombre, y en concreto, la teología de la secularización es el intento de Vivir un cristianismo no religioso. Es vivir la vida como si Dios no existiese, es prescindir de Él en todos los ámbitos de la Vida. Se funda, sobre todo, en el pensamiento de que Dios no puede ser objeto de nuestros actos y en que Dios sería totalmente distinto a como lo concebimos («el totalmente otro»).
Secularismo es la radicalización de la secularización, identificándose con la teología de la muerte de Dios. Mencionemos a Van Buren, exponente del agnosticismo de la analítica del lenguaje14. Según él, el término Dios carece de sentido y la sustancia del mensaje cristiano se puede expresar sin recurrir a dicho término. De todos modos, secularización y secularismo no son tan distintos, dado que ambos colocan a Dios fuera del ámbito del conocimiento humano15. En efecto, el Dios de la secularización (recordemos a A. J. T. Robinson, Sincero para con Dios 16), es el Dios del deísmo, pero, además, mediatizado por la teología de Barth, Bultmann y Tillich, que hacen de él un Dios sumido en la duda por lo que al conocimiento racional se refiere.

14. J . B. MONDIN, l teologí della marte di Dio (Turín 1968); D. BONHÓFFER, 
Reszstencia y sumisión (Barcelona 1968); A. J. T, ROBINSON, 
Sincem para con Dios (Barcelona 1967); H. COX, La ciudad secular
 (Barcelona 1966); W. HAMIL- TON-T. J. ALTIZER, 
Teología radical de la muerte de Dias (Barcelona-México 1967); 
G. VAHANIAN, The death of God (Nueva York 1961); 
P. M. VAN BUREN The secular meaning of the Gospel (Londres 1963). 9 
15. C. POZO, Secularidad y secularización (Madrid 1978) 20.

No es el momento de entrar en la concepción de Dios que presentan Barth o Tillich 17. Nos limitamos a hablar del influjo de Bultmann con su pretensión de que los evangelios son una
mitificación de la figura puramente humana de Jesús.
Bultmann sólo admite la precomprensión (Vorverstädndnis) de Dios en la experiencia humana, en cuanto que el hombre hace la experiencia de lo finito y del límite y está por ello existencialmente abierto al problema de Dios. Pero en Bultmann no cabe un conocimiento objetivo de la existencia de Dios.
Asimismo, la Revelación no supone una intervención objetiva de Dios en la historia que pueda ser captada por signos externos. Hemos de desechar la concepción mítica de Dios, según la cual el no cósmico y trascendente se haría cósmico e inmanente. Cristo fue (después de la desmitologización que hemos de hacer de los evangelios) un hombre que vivió la existencia auténtica, porque en todo momento se sintió juzgado por la palabra de Dios y abandonado a su confianza, particularmente en el momento de la muerte, cuando puso su Vida en manos de Dios.
Partiendo de la teología de la secularización y de la no intervención de Dios en la historia, inmediatamente se pierde el concepto cristiano de lo sagrado. Para el cristiano hay personas o lugares sagrados porque en ellos se da una especial intervención de Dios o una presencia de Cristo. Este concepto cristiano de lo sagrado, que tiene como función la salvación del hombre en cuanto que se trata en el fondo de la presencia de Cristo y de su gracia, no tiene nada que ver con el concepto judío de lo sagrado entendido como lo apartado, ni con el concepto mágico de las religiones paganas. Es la acción de Cristo y la presencia de su gracia salvadora que tienden a la santificación del hombre y de la historia.
16. Cfr. nota 13. 
17. Cfr. J. A. SAYÉS, Teología y relativismo.
Es cierto que hay una distinción entre la Iglesia y el mundo, entendido en el sentido de mundo de pecado como lo presenta san Juan en su evangelio frecuentemente (Jn 14, 30; 16, ll). Es el mundo en cuanto que, por el pecado, rechaza la salvación de Cristo. En este sentido, cabe hablar de una batalla entre dos reinos, el Reino de Cristo y el reino de las tinieblas, que es el mundo que hay que evangelizar y liberar del pecado.


2.2. Secularización de la vida sacerdotal y religiosa

La secularización de la vida sacerdotal y religiosa viene apoyada en el concepto de lo sagrado, entendido como lo separado. Nació de un concepto falso de lo sagrado para eliminar en el fondo la verdadera presencia de Cristo en el sacerdote como instrumento de su acción redentora. Se postulaba así, en los últimos años de los 60 y en los primeros de los 70, la supresión de toda distinción entre el sacerdocio ministerial y el laical. «Todos somos laicos y todos somos sacerdotes», se repetía. Hubo en Europa cantidad de asambleas sacerdotales y religiosas conducidas por la idea de la secularización. Comenta Iraburu de aquella época: «En esta secularización de la vida del sacerdote, según tendencias más o menos radicales, se propugnaba la inserción del clero en el mundo secular por el trabajo civil, el compromiso político, el matrimonio optativo, el ocio y las diversiones, el vestido y la casa, y todo el conjunto de su vida. Y el planteamiento, mutatís mutandís, venía a ser el mismo para la vida de los religiosos y religiosas. En esos años, rápidamente, fueron desapareciendo sotanas y hábitos, que fueron sustituidos por algún leve distintivo, pronto llamado, por la misma lógica secularizante, a desaparecer también. Vimos religiosos taxistas, sacerdotes repartidores de gaseosas, etc. Los seminaristas pasaron de los seminarios a viviendas normales de ambientes populares, y lo mismo los religiosos dejaron en muchos casos sus conventos para vivir “como los seglares”. Eran años, precisamente, en que muchas familias religiosas hubieron de celebrar sus capítulos extraordinarios posconciliares. Las secularizaciones existenciales se desarrollaron entre sacerdotes y religiosos aceleradamente, y en poco tiempo las secularizaciones canónicas se contaron en muchas decenas de miles.
En aquellos años, casi todas las revistas y editoriales se pusieron al servicio del impulso secularista, y difundieron textos que en todos los tonos —crítico, histórico, filosófico, sociológico, ascético o incluso heroico y lírico- propugnaban la teología de la secularización» 18. La teología de la secularización radicaba en el fondo en un fallo teológico y en otro antropológico. En el fondo, lo que estaba en duda era la presencia misma redentora de Cristo en el sacerdote, en la liturgia, etc. Se partía de la concepción de que todo lo natural es sobrenatural y de que, por ello mismo, no hacía falta una presencia especial y redentora de Cristo. Cristo, en todo caso, había venido a culminar la creación, pero no a redimirla.

En los ambientes secularizados, lo que entra en crisis es el mismo concepto de redención. Ya no se habla de pecado, de gracia, de condenación, etc. Aquí en la tierra ya no hay una batalla entre el Reino de Cristo y el reino del príncipe de este mundo. No hay en nuestro mundo una lucha dramática en la que va implicada la salvación de los hombres. Se relega el sacramento de la penitencia. Hay amplias zonas en la Iglesia en las que prácticamente se ha suprimido el sacramento de la penitencia. Y cuando uno ve que, ante los lamentos del Papa y las llamadas a la rectificación, se responde con ironías o descalificaciones al Papa; cuando uno ve que la desobediencia, incluso por parte de personas consagradas, se utiliza como arma sistemática de presión, uno no puede menos de preguntarse si detrás de ello está la escondida presencia del enemigo del Reino.
18. Cfr. J. M. IRABURU, Sacralídad y secularización (Pamplona 1994) 29.
La eucaristía se entiende como la ocasión de expresar la fratemidad humana, pero no como presencia de Cristo y de su sacrificio redentor. Es el cristianismo como redención lo que cae
en esta teología, para hacer de el, en todo caso, una religión en la que se cree en el Dios del deísmo simplemente y se postula la solidaridad humana. Cuando se llega a afirmar impunemente que Cristo no sabía que iba a morir y que su muerte no tiene otra explicación que ser el resultado de un enfrentamiento fáctico con los poderosos de su tiempo, de modo que Cristo no ledlo un sentido redentor, cuando se silencia en la predicación todo el tema del más allá y de la posibilidad de la condenación (llevamos ya treinta años sin predicar del más allá), cuando se plerde la conciencia de la necesidad que tiene el hombre de la grac1a divina incluso para cumplir las exigencias de una vida natural, cuando se olvida la existencia del pecado original... entonces se pone en juego la redención de Cristo.9
Se suele hablar de Jesús (más que de Cristo), pero en el sentido de un ejemplo para el comportamiento humano no como redentor de servidumbres de las que el hombre no se, podría liberar por sí mismo. Reduciendo a Jesús a ejemplo de un comportamiento humano y solidario, es lógico que su divinidad se convierta en algo superfluo. Decía un profesor de cristología que «¿Jesús es Dios?, ¿y a mí, qué?»
Indudablemente, los milagros de Cristo y el carácter histórico de su resurrección quedan oscurecidos desde la teología desmitificadora de Bultmann. La teología de la secularización respondía, pues (y responde), a una profunda crisis de fe en la que Dios queda relegado a la trascendencia de la nube, y el hombre, disfrutando de una autonomía que le permita dirigir por sí mismo su vida. Estamos todavía pagando las consecuencias de todo ello.
A partir de esta concepción secularizada, es lógico que se hiciera la guerra a todo signo exterior de lo sagrado. Había una especial alergia a todo signo exterior. Se le consideraba como contrario a, la legítima autonomía de lo mundano y como Interferencia provocadora. Y este es el error antropológico que comete la teología de la secularización. En los sacerdotes respondía a la crisis de fe que vivían; en los seglares suponía la pérdida de todo signo que pudiera conducirles a lo trascendente. Los sacerdotes habían olvidado que la fe, que es don de Dios, entra sin embargo por los ojos. La carencia de signos significa la carencia de Dios. La secularización que muchos clérigos vivían condujo, en muchos casos, a la pérdida de fe o al menos a la pérdida de la práctica religiosa por parte de muchos de nuestros seglares. Una fe que no se expresa es una fe que no existe. El signo es una ley de la antropología que se negaba a Dios en nombre de una fe más pura, que al final desaparece.
Así la secularización del mundo se ha unido a la secularización de la Iglesia: el resultado es la pérdida de la fe en gran parte de Europa y la reducción de la práctica religiosa, la ausencia de vocaciones y la relajación de la vida consagrada.
Indudablemente, todo este proceso de secularización (presente también en la teología de la liberación) que hemos presentado aquí no es un proceso que abarque a toda la Iglesia. La
Iglesia sigue y seguirá poseyendo siempre hombres de plena fidelidad que tienden ante todo a la santidad y que son, por el designio de la providencia, muchas veces incomprendidos y marginados. No queremos dar la impresión de que todo en la Iglesia sea secularización e infidelidad, ni mucho menos. Ésta es la Iglesia de Cristo y seguirá adelante a pesar de nosotros mismos. Pero nadie puede negar que ese proceso de secularización siga siendo real. Repetimos que no podemos afirmar categóricamente que todo ese proceso sea obra del maligno. En el proceso de secularización influye la mentalidad misma del mundo y, en el fondo, los principios de la Ilustración. Pero tampoco se puede negar que, en conjunto, sea un proceso anti-Cristo, por lo que nos preguntamos a modo de sugerencia si en él no se da también el influjo del maligno. No se trata ya de la negación de uno u otro dogma, sino de un ataque frontal al cristianismo. Lo que muchos han rechazado en este proceso ha sido y es el carácter central de Cristo en nuestra vida y en la misma historia. Lo que se pretende en el fondo es la vuelta al Dios de leísmo, a la autonomía total del hombre en el campo de la moral, lo cual hace inútil a Cristo mismo. Cristo sería en todo caso un complemento decorativo, la culminación de todo lo humano, pero no el redentor de todo hombre, impotente por sí mismo para vencer al pecado y la muerte. Allí, pues, donde se desfigura el carácter central de Cristo, ¿no podemos decir que está presente la acción del diablo? Es simplemente una pregunta.
El caso es que el diablo tiene además un estilo a la hora de actuar: pasar desapercibido. El demonio trabaja mucho mejor con los parámetros «políticamente correctos» de nuestra sociedad secularizada. Decía Baudelaire que la plus belle ruse du diable est de nous persuader qu’il n’exíste pas 19 (la mayor astucia del diablo es la de persuadimos de que no existe). Y justamente nadie pensaba en el demonio cuando la teología de la secularización dominó en la Iglesia. Era una teología que se presentaba en nombre de la madurez humana y de la ciencia. Y, sin embargo, ninguna teología separa tanto al hombre de Dios. Su influjo se dejó y se deja sentir aún en la Iglesia y en la sociedad. Hoy todavía duran sus efectos.
Y termino con un párrafo del cardenal Suenens, antiguo arzobispo de Bruselas, uno de los principales artífices del Vaticano II, que luchaba por la renovación y el progreso de la Iglesia. Decía al final de su libro Renouveau et puíssances desténebres: «Acabo estas páginas, confieso que yo mismo me siento interpelado, ya que me doy cuenta de que a lo largo de mi ministerio pastoral no he subrayado bastante la realidad de las potencias del mal que actúan en nuestro mundo contemporáneo y la necesidad del combate espiritual que se impone entre nosotros»20.
19 C. BAUDELAIRE, Petits poémes en prosa, en Oeuvres complétes (París 1969) 169. 
20. Citado por G. HUBER, El diablo hay (Madrid 1996) 15